jueves, 10 de marzo de 2016

Norberto José Olivar

Ancien Régime

El hambre hizo estallar la Revolución francesa. Movilizó al pueblo. Dice Albert Soboul (1985) que poco antes, en 1788, fue el punto de ruptura de un largo período de contracción y regresión económica. Critica la idea de Taine de atribuirla a impulsos sanguinarios, aunque sabemos las noticias del Terror que vinieron luego, pero Soboul insiste en que el hambre levantó a la masa y que se trata de una verdad subrayada, vehementemente, por el mismísimo Jules Michelet. Y el hambre siempre tiene la cara del poder. Y a él se le cobra.
Añade Soboul que la jornada del 14 julio de 1789 coincidió con el punto más alto de una larga escalada inflacionaria. La pura “cesta alimentaria”, por decirlo así, alcanzaba el 88 por ciento del presupuesto familiar, dejando el restante para otros gastos básicos de subsistencia (a grosso modo, parece que estuvieron mejor que nosotros). Como sea, escribe Soboul, que los salarios iban en sentido inverso a los precios «y la carestía provocaba paro y escasez». Y, por si fueran pocas las coincidencias con nuestra calamidad bolivariana, esta situación beneficiaba a las categorías acomodadas del Régimen, después llamado Antiguo Régimen, nomenclatura que me copiaré para designar al periodo chavista en la brevedad, “Dios mediante”.
No obstante, no ignora Soboul, que la Ilustración y L’Encyclopédie son consustanciales de las posibilidades que viabilizaron al movimiento en sí. O la mirada a la “Guerra Americana” y, por supuesto, la excesiva deuda de Luis VI con la aristocracia, pero el propio Georges Lefebvre (1960) concluye que: El motín del hambre agrietó la estructura administrativa y social. En fin, la paupérrima situación económica parece inclinar la balanza de manera definitiva e incuestionable.

Este libro de Albert Soboul no deja de asombrarme, supongo que la razón es obvia, pero al final vuelvo a preguntarme para qué demonios sirve la historia. Me acuerdo de Marc Bloch, por supuesto; también de don Pino Iturrieta y de la vez que me fui a su despacho de la Católica para plantearle esta misma interrogante. Y de que él me dijera —eso jamás lo olvidaré— a bocajarro y de lo más calmoso, que la historia, que él supiera, no sirve para nada. La gente suele ignorarla. Y los políticos la manipulan con perversidad y no poca ignorancia, aunque no mayor que las de sus audiencias.
Pero no olvidemos, tampoco, que la Revolución Francesa se inició con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional, en 1789, y finalizó con el golpe de Napoleón Bonaparte en 1799. Y ya sabe lo dañino que fue este señor: véase a Lionel Jospin (2015) y su “El mal napoleónico”. Y esta verdad tan wikipediana me deja sumido en el más profundo pesimismo, pero recuerdo entonces, con cierto alivio, que la historia ni sirve ni se repite, y que los historiadores son unos flojos que no agarran a la gente por las orejas para obligarlas a escarmentar en cabeza ajena. Para eso debería quedar la historia, al menos: la frustración como eje transversal de la historiografía escolar. Y no ese embutido de gamonales desquiciados y de sus dudosas gestas patrioteras con la elevada disposición de salvarnos.