domingo, 26 de noviembre de 2017

Autobiografía romana

Emperador Cómodo Antonino en la película La caída del Imperio Romano (1964)

Panem et circenses (pan y circo) es una frase genial de Juvenal, poeta romano del siglo I antes de Cristo.
En Sátiras, el autor critica la decadencia de su gente y la renuncia a la reflexión ciudadana a cambio de comida barata y juegos de circo. Juvenal desprecia en su obra, con auténtico malestar, esta forma de indigente civilidad. Y es cierto, la elite romana, hacia 140 a. C., entendió que este estilo de hacer política, para comprar el favor de la plebe, era casi siempre, infalible.
Recientemente, Richard López, intenta ilustrar esta fatídica locución en Roman Empire. Reign of Blood (Netflix, 2016),  disponible, además, en YouTube hasta no hace mucho.
Y a bulto y riesgo de  hacer spoiler (palabreja de moda), contemos que el documental se centra en los trece años de gobierno, en solitario, de Lucio Aurelio Cómodo Antonino, emperador de Roma, entre 179-192, señalamos aquí sin ánimos de exactitud. Le ha precedido Marco Aurelio, su padre.

Panem
Cómodo delega en Cleandro, especie de Mano del Rey en jerga GOT, la cotidianidad del gobierno. Y este, que ha llegado al puesto a través de un rocambolesco complot, se la va ingeniando para acumular tanto poder como pueda, incluso en detrimento del Senado, que no es poca cosa. Y en su abyecta y siniestra imaginación, piensa en hacer lo mismo que han hecho otros poderosos: cortar el suministro de granos que viene de Egipto y poner a pasar hambre y calamidades al pueblo. Esta vez ni los senadores ni nadie podrá resolver la escasez. Solo cuando él lo decida se llenarán los graneros y, así, será proclamado y amado como salvador. El pueblo dependerá de él y nadie más. Pero como corolario fatal, a causa de la hambruna inducida, sobrevino la peste y, más tarde, un voraz incendio. Cleandro creyó que la mala suerte existía.
Roma se llenó de «grafitis» que pedían su cabeza. Y Cómodo, salvándose a sí mismo, se los entregó. De paso, para que todos se olvidaran de la tragedia, proclamó dos semanas de juegos apoteósicos en el coliseo. La apoteosis estuvo no solo en la duración sino, también, en que ahora el emperador sería un gladiador más de la faena. Le urgía cierta popularidad y admiración.


Circenses
Cómodo sabe que nada inspira más a los romanos que un gladiador que lucha por su vida en la arena del coliseo. Este representa el espíritu del pueblo. El emperador se entrena y recita, con sus “hermanos de lucha”, el grito de los gladiadores: ¡voy a soportar ser quemado, ser inmovilizado, ser golpeado y asesinado por la espada! Sale a la arena pues, embutido en una impresionante piel de León, desea ser visto como el nuevo Hércules para manipular aún más el imaginario de los romanos. Cómodo triunfa en los juegos, vence a todos sus oponentes y desata, finalmente, con semejante euforia, su radical demencia, amparándose en la validación y reconocimiento que le otorga el pueblo como guerrero, como emperador-gladiador, como el nuevo Hércules, poderoso y semi-dios que los guía. Desecha entonces al Senado, gobierna a su dictado, cambia el nombre de Roma a Colonia Comodiana, siembra de estatuas de sí todo el imperio, pero entretanto despliega su locura, tiene pavor de que su estratagema para salir airoso de la arena del coliseo se haga fama: las espadas de sus contrincantes no tenían filo. Y el pequeño círculo que lo sabía, presiente el temor de Cómodo y, antes de que él los asesine, ellos toman ventaja. Narciso, el gladiador que lo entrenó (y que el emperador trató de sobornar, luego) le da muerte. No fueron sus enemigos quienes atentaron contra él sino su propia gente. Sus camaradas. Incluso su hermana, Lucila, trató de asesinarlo antes que todos, pero quizás se adelantó demasiado. Nada de extrañar cuando manda la indecencia, el dislate y la paranoia. Se matan sin piedad. Son presas del miedo.
Norberto José Olivar 
@EldoctorNo