jueves, 25 de junio de 2015

LA VIDA SECRETA DE UN MALDITO 

PROFESOR UNIVERSITARIO, 

por Norberto José Olivar



I
Cuando entré al aula la sensación térmica rondaría los cuarenta y tantos. El aire estaba dañado otra vez. «El apagón de anoche, profe», me dijo el obrero de guardia en tono cansino. Los muchachos entraron con los ánimos constreñidos. Parecíamos pizzas en cocedura. No obstante, algunos procuraban disimular cierta felicidad al suponer que la prueba planificada para esa tarde no se iba concretar. Y alguien por fin dijo lo que todos querían decir o escuchar decir a otro: «¿Vamos a tener el examen con este calor, profesor?, «por supuesto que no, pero la prueba se la llevarán a su casa y me la enviarán esta noche por correo electrónico». Entonces comenzaron las quejas: que no tengo computadora, que no tengo internet, que por donde vivo no hay cyber y cosas por estilo. Escuchada esta larga enumeración de inconvenientes, decidimos prorrogar la entrega hasta la mañana siguiente y ya no hubo más excusas. Escribí en la pizarra la premisa en la que trabajarían y salimos de aquel horno académico tan rápido como se pudo.

II
En verdad esperé hasta bien entrada la tarde. Abrí el correo y allí estaban mis muchachos. Más de cincuenta. Al menos no tendría que sufrir con caligrafías jeroglíficas. Descargué al primero y el texto lucía pulcramente escrito. La redacción me causó envidia. La ortografía era como un concierto de New Age. Tan maravillado como andaba, decidí copiar el primer párrafo y pegarlo al buscador y la sorpresa fue mucho más grande que mi encandilamiento inicial: el trabajo provenía de monografías.com. El siguiente que descargué aparecía en BuenasTareas; otro, en el RincondelVago; los más listos copiaban solo partes de diferentes artículos, armaban un auténtico Frankenstein monográfico. Penny Dreadful parecería una Hello Kitty al lado de aquellos monstruos zurcidos por todas partes. Revisé, también, el trabajo de la primera unidad —evaluado con ingenuidad magisterial— y los resultados fueron similares.

  
III
La siguiente clase el aire seguía dañado. El mismo obrero comentó que la información era que no había presupuesto para repararlo. Tampoco para ventiladores. Le dije que no importaba, así que abrió la puerta del horno-aula y entramos con cierta resignación. Lamenté ante la agobiada audiencia que se me faltara el respeto con aquel descaro de copia y pega, que al menos simularan cierta decencia. Luego me di el trabajo de leer, a cada quien, de donde había calcado su respuesta, e incluso, el trabajo de la primera unidad. Y claro está, agregué que aquello equivalía a un doble «cero» por cada uno. Añadí que en medio de todo, tenían suerte de no ir presos. Los tiempos de impunidad insólita habían acabado. La  captura de Yonny Bolívar era la demostración científica de que ahora la cárcel es de todos. Nadie escaparía en adelante. Era el fin de las iniquidades. Lo único lamentable era que debían inscribir la materia de nuevo. Los muchachos pusieron cara de sufridos, pero salieron en silencio. No había forma de encubrir aquel delito. Alguno me tildó de fascista, pero no alcancé a precisarlo.

IV
El obrero había seguido los pormenores de la clase con la oreja pegada a la puerta. Me abordó y dijo, muy serio, que yo no podía «raspar» a aquella muchedumbre. «Por qué?», pregunté curioso y alarmado por la intromisión gremial. Me explicó que la revolución había ordenado que en el semestre que estaba por empezar, debían ingresar todos los bachilleres recién graduados asignados por el camarada ministro, y que yo restaba de un golpe casi sesenta cupos con semejante lote de aplazados. «¿Usted me está diciendo que los pase de a gratis?», dije con los brazos en jarra y echándole malos ojos. «¡Yo no, la revolución!». «¿Y qué tal si a uno de estos les da por ser médico y usted le cae de paciente?». «No exagere». «Bueno, entrarán todos, pero saldrán unos pocos», «explíquese», «¡ay no, eso me da mucha flojera, camarada obrero!,  ¿pero dígame usted de qué va este nuevo paradigma educativo?», «de inclusión, profesor». «No le entiendo un carajo», «los pobres heredarán la universidad», «los pobres pueden heredar lo que sea, pero eso nada tiene que ver con el malandraje escolar en que se está volviendo todo esto», «no entiendo», «la revolución no quiere excelencia, ni profesionales siquiera, solo clientes, borregos, estúpidos fieles», «mejor dejemos esta conversación, ya sé que usted es un mantuano pelucón pitiyanqui de la derecha fascista».

V
El vigilante empujó mi carro del puesto de estacionamiento para que pudiera quedar en dirección a la salida. Dese hace meses tiene el retroceso malo y solo va hacia delante. Le agradezco como siempre el magno esfuerzo y salgo despacio para que la luz del hold no vaya a encender. Antes tuve que asegurarme de que el envase del refrigerante tuviera suficiente líquido, porque la cajera del radiador lo va goteando de camino. Tampoco puedo prender el aire, pues un electro ya está resollando las últimas. En fin, arreglarlo todo supone cerca de tres años de sueldos universitarios y la prioridad, en estos momentos, es conseguir comida.

 Al llegar a casa encuentro a mi cuñada llorando porque un par de asaltantes armados le acababan de quitar el carro. Mi suegra me aseguró que eran ladrones buenos porque no las mataron y no se cansaba de dar gracias a Dios por tan gloriosa suerte. Después del zaperoco, me siento con mi esposa a mirar Penny Dreadful y entonces me dice, con cierto fastidio, que vea cómo hago para espantar la banda de gatos que se la pasan correteando, todo el día, por nuestro techo de zinc, «es una bullaranga insoportable», añade cansada y suspira. Yo la miro y no digo nada, pero pienso en el camarada obrero de la facultad  y la avalancha de clientes del camarada ministro que me toparé en los próximos días. Observo a Vanessa y al hombre lobo enfrascados en una dramática conversación y pienso, de pronto, en la auténtica flojera que me da buscarle una explicación a esta revolución maligna y abyecta. Aunque sé que los padecimientos no son ninguna revelación.