domingo, 24 de mayo de 2015

Del miedo y otros demonios
(Brevísimo zapping por ciertos autores),
por Norberto José Olivar



Hobbes escribió una frase que suena hoy a letanía: «el día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo». De modo que uno piensa que el miedo es natural. Y lo es. Acaso nuestro más afinado dispositivo de sobrevivencia. Por eso Spinoza señalaba lo peligroso de que el pueblo «no tenga miedo». Estaba convencido de lo contradictorio de este sentimiento. Una claridad que bien se ha explotado, por ejemplo, en el aspecto religioso que, por un lado ofrece protección contra él, contra el miedo, y al mismo tiempo lo utiliza «sin tregua y sin decoro», como indica José Antonio Marina en su Anatomía del miedo, donde además asegura que «no hay especie más miedosa que la humana», pues la inteligencia libera y paraliza, haciendo del  miedo una emoción individual pero contagiosa «o sea, social». Añade que Spinoza considera que el miedo y su opuesto, la esperanza, son las dos grandes pasiones que hacen comprensibles los problemas éticos y políticos. Pero enseguida nos pone frente a  Goethe, que deja bien claro que el miedo y la esperanza son, a la vez, los mayores enemigos del hombre. No obstante, Spinoza y Goethe aspiran a la serenidad a toda costa, concluye Marina dejándonos inmovilizados ante esta aparente contradicción. Y si algo da miedo, precisamente, es la contradicción. El maniqueísmo es nuestro amparo y sosiego más absoluto.

Ahora, el miedo en la literatura no se intenta a través de la elaboración de crónicas de hechos ocultos o simplemente espeluznantes, más bien es la búsqueda de una dimensión espectral donde todas las explicaciones se hacen dudosas e insuficientes para iniciar, allí mismo, precisamente, la aproximación a una nueva valoración de nuestra identidad o una nueva mirada a nuestra naturaleza, pero que ya no es satisfactoria y que, de alguna manera, nos empequeñece y nos domina.
Esta dimensión espectral es una ventana para la contemplación de aquello que parecía inmutable, sólido, pero que ahora se nos presenta extraño y difícilmente comprensible. Y lo extraño solo se produce con el miedo, escribe Sandoval y le creo.
Ahora voy con Gustavo Valle, que habla del miedo, en específico de los monstruos, que son el camino más expedito al miedo. Dice, entre otras monstruosidades, que Godzilla fue un bicho terapéutico que ayudó a los japoneses a la superación de la experiencia de Hiroshima y Nagasaki. Menciona, por algún lado, al doctor Jekyll y míster Hyde, sin duda, uno de los grandes paradigmas literarios en esta materia, que deja bien en claro que nada es definitivo cuando de humanos se trata. Pero dice que suele imaginar a un monstruo abominable que pueda representar el «deterioro y fractura social» que vivimos en Venezuela. Un monstruo criollo. En nuestra literatura hay pocos monstruos, puede que se los hayamos dejado casi todos a nuestros historiadores y politólogos.
Puede que ese monstruo que andamos buscando para llegar hasta nuestro miedo originario y patriótico sea una versión autóctona de Frankenstein que, entendido generalmente como una advertencia sobre la vanagloria del hombre científico, lo miremos más bien como el miedo que nos produce la sensación de abandono ante la creación y, paradójicamente, para que esa mirada esté condicionada a un nuevo nacimiento y la indiferencia ceda ante nuestro asombro y maravilla frente a los detalles que se nos hacen invisibles cotidianamente. La indiferencia ciudadana, por ejemplo.
De lo que llevo dicho, me queda la idea de «deterioro y fractura social» que leo, simplemente, como decadencia. Y lo decadente tiene mucho de siniestro. Aquí aprovecho esta sentencia, en nada absoluta, para una primera «auto-cuña» de mis textos publicados, de los inéditos y de los que ni siquiera he pensado todavía: siempre me ha interesado la visualización de la decadencia moral y cultural de mi ciudad, de Maracaibo, que aunque distinta va siendo igual a la de Caracas, Mérida, o París, a todas, sin salvedades, una decadencia que a veces no vemos por una especie de «condición vampírica» que causa un efecto de invisibilidad frente a los espejos que la literatura facilita con tanta frecuencia. Decadencia que me lleva al desmontaje de una identidad falsificada y bufona de intereses de todo tipo. En fin, sigo con Jesús Palacios, del ABC, que me ha dejado encantado con su opinión de que existe una especie de promoción de «Niños Malos» que, desde la academia, han invadido la literatura, sobre todo en los géneros de lo extraño, lanzados sin complejos a las cuestiones fundamentales del pensamiento especulativo, donde la ficción gótica, la fantástica y no menos la ciencia ficción son auténticamente privilegiadas. Y aquí no se salva nadie, desde Shelley, Poe, Lovecraft hasta Schopenhauer y Comte conviven y facilitan un nuevo y renovado viaje a través de la filosofía en general —realismo especulativo, nuevo nihilismo o materialismo especulativo, el nombre, la taxonomía es lo de menos— que nos ayuda a que logremos nuevos esbozos sobre las preguntas, las dudas y las miserias de siempre. Y volvemos así a las discusiones de antaño: que si el mundo es incomprensible a la inteligencia humana, o si esa deseada accesibilidad solo se concreta a través del «método científico». Lo único seguro es la imposibilidad de una sentencia definitiva, de la aparición de alguien que tenga la última palabra, lo hemos visto desde que el hombre es hombre y hasta ahora nada ni nadie lo desmiente. Mientras tanto sea así, necesitamos de la vitalidad de ese sentido de la especulación. El desagravio de la especulación es lo único que nos salva de los autoritarismos de quienes se creen poseedores de la verdad y hablan y gestionan en su nombre.
El origen del miedo, o de los miedos, puede ser explicado, según Ligotti, desde una óptica materialista, donde se muestra al hombre como un autómata «que se crea a sí mismo ilusiones de libre albedrío, nutriéndose de fantasías consolatorias que se desmoronan al mínimo esfuerzo intelectual coherente». Me hago aquí otra «auto-cuña» pues esta ha sido, en buena medida, una de mis motivaciones en las novelas y cuentos que he intentado en los últimos años, aunque no sabía yo que estuviera adscrito, o simpatizara, siquiera, a una tendencia «materialista» de la ficción.
 Escribe además, Ligotti, Thomas Ligotti, que estamos abocados a un destino idiota, sin sentido, del que solo los buenos humores y los miedos pueden aliviarnos de su peso. A esto añade Palacios, o concluye, más bien, que «tradicionalmente la ficción» de lo extraño, de lo sobrenatural, de lo gótico, «ha sido despreciada por el mundo académico, pero lo innegable es que, desde siempre, en todas sus variantes, que incluyen también a la ciencia ficción y a la fantasía, ha existido un núcleo de preocupaciones, ideas y conceptos filosóficos profundamente identificados con las cuestiones del día y, a menudo, adelantados a su tiempo en muchos aspectos».
No solo de monstruos va la cosa del espanto, pienso ahora en Sumisión, de Michel Houellebecq, catalogada como ciencia ficción, pero que puede llevar al pánico a los lectores más sensibles o menos desprevenidos, de este lado del mundo. Y no se trata de un miedo provocado por una obtusa mirada de fobia al Islam, sino de un miedo sustentado en una «concepción del mundo» que amenaza a la nuestra. Insisto, no es fobia, pudiera igual el mundo islámico imaginarse víctima del mismo miedo ante la amenaza del cristianismo o el judaísmo o cualquiera otra cosa. El espanto viene cuando nos sentimos amenazados, bien por una idea, un monstruo o invasores del espacio sideral. Como cuando el protagonista de Houellebecq dice, aterrado: «todos los docentes, sin excepción, deberán ser musulmanes» sospechando lo que él sufriría dentro de poco. Y luego, hacia el final de su drama, este personaje sumido en el miedo más profundo lloriquea ante su desgracia: «lamenté no haber prestado hasta el momento más que una atención anecdótica, superficial, a la vida política».
La gran pregunta que queda flotando es: ¿qué haríamos ante tales casos?, bueno, para eso está la imaginación, también los escritores. Para eso nos viene en auxilio la especulación. Y tomándonos esta molestia en serio, nos vamos conociendo un poco más, que no mucho, dicho sea de paso, no digan después que andamos por ahí matando a la gente del puro susto con la ilusión de que dejemos tanta estupidez de lado y, piensen o pensemos, por alguna vez en esta vida que nos tocó, en lo que somos y no somos y en la naturaleza de nuestros miedos y esperanzas. Como sea, el susto como laxante ciudadano y espiritual puede que sea una buena medicina, también.

Conferencia leída en el Centro Cultural Chacao
Sala Cabrujas, Caracas, mayo 23 de 2015