domingo, 10 de julio de 2011

Relato de Armando José Sequera


Mariposas en la matinée

«¡Y ese crimen no hizo tambalearse al sol!»
Charles Baudelaire
«La Beatriz»


1

Lo de las mariposas comenzó en la mañana, a eso de las once. Fue una invasión lenta, como la de la aurora cuando, antorcha por antorcha, enciende toda la madrugada.
Gradualmente los terrenos por donde pasaba el tren se llenaron de nerviosos trazos amarillos. Parecía que la brisa se había propuesto adornar el domingo, colgando cientos de banderolas y guirnaldas en el aire.
Simón, Cristóbal, Gustavo y yo vimos llegar las primeras mariposas, pero no les hicimos caso. Estábamos concentrados, jugando canicas.
Hacía rato habíamos dejado de jugar beisbol. Nuestra única pelota había caído en un lugar que teníamos vedado: el extenso patio de una casa de reposo para personas mayores. Un muro y un vigilante armado con una espada resplandeciente nos impedían el paso.
La pelota había rodado hasta las sobresalientes raíces de un árbol inmenso que sombreaba la mayor parte del patio. Allí, detenida, parecía descansar de los golpes, lances y sacudidas que le propinábamos.
El vigilante era un hombre transparente llamado Olegario. Se le veían las venas y las arterias como si fuera de plástico. Nunca dormía. Permanecía en su puesto, en una caseta próxima al árbol, las veinticuatro horas del día.
Usaba una vieja espada que había heredado de un abuelo, no por sus filos sino de costado, para golpear a quienes «se portaran mal», fueran huéspedes del asilo o «visitantes indeseables» como nosotros, cuando intentábamos pasar sobre el gran muro para recuperar una pelota.
Ya habíamos perdido cinco pelotas. Las dos primeras, Simón y Gustavo trataron de recobrarlas. Simón recibió dos espadazos: uno sobre el costillar izquierdo y el otro en la nalga derecha. A Gustavo le dieron tres: una sobre los hombros y dos al final de su espalda.
En vista de que Olegario desconocía las palabras «diálogo» y «parlamento», esa mañana nos habíamos resignado a jugar canicas, aunque no de muy buena gana por parte de Simón, Cristóbal y Gustavo. Yo, aunque era el menor de los cuatro, jugaba mejor que ellos y eso no les gustaba.
Los tres, en cambio, eran mejores que yo en otras cosas y a mí no me molestaba: Simón —que era el mayor—, silbaba más fuerte y con un cajón y cuatro ruedas podía fabricar un auto de Fórmula Uno.
Su hermano Cristóbal sabía cómo enamorar a las muchachas y cómo entrar al cine sin pagar. Gustavo jugaba mejor al beisbol, saltaba más alto y orinaba más lejos que Simón, Cristóbal y yo.
Supimos que había llegado el mediodía, no porque nos quemara el sol sino porque el silbato de la fábrica de uniformes industriales que quedaba a pocos metros anunció la hora de almuerzo.
De lunes a sábado, este silbato ponía en movimiento a decenas de costureras que, mientras caminaban hacia la salida, dejaban un rastro de trozos de hilos que, en las horas previas, habían caído sobre su ropa.
Los domingos, el silbato parecía dirigirse a fantasmas pues, aparte de que no había quien lo tomase en cuenta, producía un extraño eco en el galpón vacío.
A esa hora y sin darnos cuenta, nos hallábamos sumergidos en un mar de mariposas. Apenas podíamos movernos sin tocarlas. Las que habían pasado una hora antes iban en grupos de tres o cuatro, pero las de ahora desfilaban en oleadas amarillas.
Ninguno se explicaba cómo no habíamos tropezado antes con ellas ya que ocupaban todo el espacio circundante. Eran tantas que aun hallándonos en cuclillas nos eludían como a montañas que estorbaran su recorrido.
—Tengo una idea —dijo Simón.
Cuando la escuchamos, todos sonreímos. De inmediato la aprobamos y la pusimos en práctica.
Cada uno de nosotros llevaba, aparte del guante de béisbol, una bolsa de tela donde guardaba sus canicas.
Rápidamente, vaciamos las cuatro bolsas y metimos las canicas en los bolsillos de los pantalones. Resultaba incómodo moverse pero, al cabo de unos minutos, uno se acostumbraba.
Luego fue como cosechar hojas en otoño. Agarrábamos las mariposas al vuelo, con los dedos en forma de pinza.
Inicialmente las atrapábamos y, sin querer, les dañábamos las alas. Poco a poco aprendimos a tomarlas con suavidad y a introducirlas en las bolsas de tela sin maltratarlas.
El primero en llenar la suya fue Cristóbal. Después Simón quien, al ver que la mía no estaba ni a la mitad, me ayudó a colmarla hasta el tope.
Cuando tuvimos en nuestro poder aquel botín palpitante, eran poco más de las dos de la tarde y, como todos los domingos, nos fuimos a la matinée del cine Bolívar, un cine famoso porque en él había cantado Carlos Gardel treinta años antes.


2

No fue difícil entrar al cine con las mariposas. Nadie revisó nuestras bolsas, aunque a kilómetros se veían sospechosas. Palpitaban como corazones desbocados por el amor o una larga carrera.
Buscamos y encontramos asientos contiguos en la parte superior del cine, la llamada «balcón».
Lo que sí nos costó fue resistir con ellas encerradas hasta que se apagaron las luces y se encendió la pantalla.
El griterío de los demás niños en la matinée era ensordecedor. Antes de la película —que ninguno de los cuatro sabía cómo se llamaba ni de qué trataba—, pasaron un noticiero. Una de las informaciones se refería a una carrera de caballos y mostraba los últimos doscientos metros de la competencia. Los niños aupaban a los caballos como si estuviesen en el hipódromo.
La siguiente noticia anticipó algo de lo que venía y mostró una invasión de langostas en un lugar al sur de los Estados Unidos.
Mientras las langostas recorrían el cielo en nubes oscuras que cambiaban aceleradamente de forma, Simón cuchicheó algo al oído izquierdo de Gustavo. Luego Gustavo también murmuró algo al oído izquierdo de Cristóbal y, por último, Cristóbal me hizo saber que ya era hora de abrir las bolsas.
El primero en hacerla fue Simón.
Cristóbal y Gustavo lo secundaron.
Yo me quedé viendo cómo sus mariposas volaban en tropel hacia la luz que salía del proyector, sin liberar las mías.
A los pocos segundos, la pantalla mostró en dramáticos amarillo, verde, azul y rojo el cocimiento convulso de varias alas, que se sobreponían a los fotogramas.
Sólo entonces abrí mi bolsa y eso porque Cristóbal trató de arrebatármela. El contenido se desparramó hacia la algarabía en que ya hervía la oscuridad. Adentro quedaron dos que murieron asfixiadas y una que tenía las alas rotas. No me atreví a matarla, sino que tiré mi bolsa al piso.
Las primeras reacciones en el Bolívar fueron adversas —silbidos, gritos, insultos—, pero, cuando se encendieron las luces, los niños que llenaban la sala estallaron otra vez en silbidos, gritos e insultos, pero de alegría.
Vistas desde donde nos hallábamos, la sala era un océano transparente y amurallado dentro del cual navegaban cientos de mariposas amarillas.
En cuestión de segundos, los pocos niños que habían ido con sus padres los abandonaron y, sin hacer caso a regaños y amenazas, se lanzaron a una cacería desenfrenada.
Algunos treparon sobre los asientos para tratar de alcanzar las esquivas y asustadas mariposas. Otros subieron a la tarima que antecedía la pantalla para saltar sobre las que pasaran frente a ellos.
Como casi todos los niños y niñas de la matinée corrían por la sala, nosotros también lo hicimos, para disimular. Vistos desde cualquier ángulo, éramos otros más dentro del gran grupo.
Entretanto, Chacón —el nuevo encargado de la sala—, había entrado y, tras interrogar a la acomodadora del patio, miraba hacia todas las localidades, tratando de descubrir a los culpables de la invasión. Martínez, el encargado anterior, se había retirado dos semanas atrás. A él no le hubiéramos hecho algo así. Cuando íbamos al cine entre lunes y viernes, nos dejaba pasar gratis.
Chacón estuvo como cinco minutos revisando la sala con la mirada. Cuando al fin comprendió que no descubriría a los responsables del alboroto, exigió a todo cuanto dio su voz
—para sobreimponerse al escándalo reinante—, que saliéramos.
Algunos niños y niñas habían tenido suerte y habían atrapado una o varias mariposas pero la mayoría se sentía frustrada por no haberlo logrado. Muchos se negaban a abandonar la sala hasta cobrar siquiera una presa.
—Recoge tu bolsa —me dijo Cristóbal—. No la dejes.
Aunque temía que la acomodadora del balcón me viera recogerla, la tomé del suelo y traté de guardármela en el bolsillo derecho. No pude, pues éste se hallaba ocupado por canicas. Tampoco pude esconderla en el izquierdo. Antes de comenzar a bajar las escaleras, Cristóbal me la arrebató y la guardó entre su pecho y su camisa.
Cuando ya casi habíamos alcanzado la salida, vi a un niño empeñado en derribar las mariposas más cercanas, disparándoles palomitas de maíz. Mientras lo observé, acertó una vez pero el insecto acusó levemente el golpe y siguió su vuelo.
Salimos del cine en medio de un tropel vociferante. Algunas mariposas intentaron escapar hacia la calle, pero fueron atacadas por decenas de niños y algunos adultos.


3

La noticia la llevó a casa esa noche la señorita Leticia, una vecina de ochenta años que nunca se casó y que enseñaba a leer y daba clases de catecismo a domicilio.
—Esta tarde —dijo—, unos niños que van camino a ser unos delincuentes soltaron en el cine Bolívar cientos de avispas que picaron sin misericordia a todos los demás niños.
Hizo una pausa y agregó:
—La policía los anda buscando, porque hay más de cincuenta heridos.
En el momento en que dijo lo anterior, Simón, Cristóbal, Gustavo y yo íbamos pasando por la sala.
Al vernos, la señorita Leticia avanzó hacia nosotros.
Sin darnos tiempo a escapar, nos capturó a Gustavo y a mí por los brazos y nos atrajo hacia ella.
Nunca antes había sentido tanto terror.
Vi a Gustavo y advertí que él también estaba muy asustado.
Simón buscó huir pero tropezó con el sofá y cayó en él. Cristóbal, que venía a la saga, quedó paralizado junto a la escalera que daba al segundo piso.
Nos sentimos descubiertos y por las caras que teníamos, creo que bastante arrepentidos, porque temíamos que nos entregaran a la policía, acusados de una falta peor que la que en realidad habíamos cometido.
En lugar de eso, la señorita Leticia me besó en la frente y apretó aún más a Gustavo, al tiempo que decía:
—Ay, mis bribones: ojalá todos los niños fueran tan inocentes corno ustedes. El mundo no estaría como ahora.

Tomado de ¿Qué haces tú en mis sueños? (Norma, 2008).

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