miércoles, 17 de agosto de 2011

Père-Lachaise, por Paul Desenne



Père-Lachaise, por Paul Desenne

    La lepra del mármol dejaba sólo los contornos romos de los ornamentos sepulcrales, en toda la gama de deterioros posibles, gran catálogo evolutivo de las modas mortuorias. Por décadas, el mantenimiento de la administración del cementerio se enfocaba apenas en las tumbas de los más célebres, cuya modestia es casi siempre notoria, exceptuando a Oscar Wilde, que tiene un pajarraco babilónico gigantesco, tallado en pura sodomita, mineral metamórfico rosado, que parece un pisapapeles de Isadora Duncan.
Para los otros grandes, discreción ante todo: una simple medalla de perfil para Frédéric, un busto sonriente muy discreto para Honoré, un estricto bloque de granito rosado pulido para Marcel, una planchita calcárea para Modi. Casi todos eran casi pobres o muy pobres al morir.
    Por supuesto, los grandes industriales y los constructores de avenidas durante el positivismo decimonónico francés, tan célebres en su tiempo, montaron unos conjuntos coreográficos de ninfas en bronce, lazos y composiciones de repostería pétrea horripilante, todo relativamente bien conservado. Un notable médico venezolano, que no nombraré, se dio el gusto de orinar un día sobre la tumba de Hahnemann, el inventor de la homeopatía, que tiene un monumentico infecto. Pero hay otros sepulcros encantadores muy concurridos, algunos muy hermosos como el del periodista Victor Noir, inmortalizado en bronce, a ras del suelo, tal como se veía en el andén donde murió baleado a los 21 años, con el pene erecto bajo el pantalón; área del bronce repulida por las caricias de las señoras que les buscan un alivio mágico a sus añoranzas. El bronce patinado por el contacto repetido de la caricia humana señala siempre un punto de fama: el busto de Allan Kardek, donde se apoyan los magnetizadores para revitalizar sus bobinas, el pantalón ya mencionado de Victor Noir, o el seno perfecto que una ninfa ofrece al caminante en una discreta curva en las callejuelas empedradas, no lejos del imponente mausoleo de Delacroix, que odiaba el cementerio, según sus propias palabras, y menospreciaba un poco a Balzac, su vecino, que descansa en la misma tierra a media cuadra. Se tuvo que quedar callado (Balzac le dedicó una de sus mejores novelas).
    Cuando empezó la furia de los contratistas del mantenimiento en el París del gran limpiador nuclear Chirac, el cementerio cambió: pasaban camioncitos cargados de arbustos trozados y triturados, iniciando la deforestación del bosque mágico donde los homosexuales tenían sus encuentros furtivos por lo menos desde la época de Oscar Wilde. Era el fin de una larga tradición de sexo, principalmente oral, con sus recintos reservados, boscosas cuasi-suites con lista de espera; las parejitas y amiguitos que gravitaban como aviones pidiendo pista, presionando. Se desmantelaron los fabulosos escondites y cagaderos oportunos del sector este, que alberga las cenizas de la nobleza imperial. Entre los masivos mausoleos de los mariscales de Napoleón se disimulaban verdaderas tiendas laberínticas totalmente cubiertas de arbustos siempre verdes, donde a veces era preciso limpiar el salón, barriendo con el pie algunos coprolitos semicongelados para poder sentarse a fumar marihuana y conversar.
    Súbitamente, las tumbas más deterioradas fueron eliminadas por completo, con ese radicalismo francés siempre tan eficaz. La poesía no existía para los jardineros y obreros de mantenimiento, ni tampoco la necesidad de satisfacer esas pulsiones orales o anales, que hacían que ciertos visitantes del cementerio sintieran el «síndrome de la biblioteca»: una irresistible necesidad de cagar muy urgente, o la otra urgencia incandescente y curiosa que tienen algunos de chuparle el falo a un bigotudo desconocido. Una de las tumbas más odiadas por las brigadas de limpieza del Père-Lachaise romántico que estaban desmantelando era la del cantante pop Jim Morrison, del grupo The Doors. El poeta californiano yace (si es que no lograron deportar sus restos de vuelta a California por afán de limpieza) bajo un rectángulo de césped raquítico sin inscripciones. Pero todas las tumbas alrededor de la de Morrison, tumbas en sepia de calotipo, todas de viejos notables putrefactos de 1880, exhiben la marca del arte rupestre hippie, trabajado con tizas y pinturas multicolores, marcadas con inscripciones y citaciones del astro del rock.
    Impresionaba ver esas casitas fúnebres de la época de Zola, con sus ventanillas neogóticas inmundas, grises como los inviernos y las guerras europeas, rodeando el punto de encuentro de todos los adolescentes anarquistas roqueros del mundo entero. Todos culminaban su visita a París con un peregrinaje a la tumba del poeta maldito del rock, que junto a Janis Joplin y Jimi Hendrix —todos por la «J»—, logró entrar al mundo de los vietnamártires crucificado en una jeringa.
    ¡Qué cuadro! Un Gólgota con las tres jeringas gigantes de las que cuelgan dos cantantes y un guitarrista. El papel del Hijo del Hombre, por supuesto, lo tiene Morrison, el más buenmozo, con su barbita de Jesucristo, que decía «You can't Petition the Lord with Prayer», y repetía para que lo oyeran bien los hippies un poco sordos: «You can't Petition the Lord with Prayer»; un gran predicador ebrio, excreción amplificada del Beat montado en el potro de la heroína que gritaba sus versos contra el establecimiento, como se decía entonces. Las congregaciones en su tumba sencilla eran grandes misas de porros, licores y LSD; las botellas vacías volaban y se estrellaban contra los olvidados mausoleos, todos equipados por cierto con siniestros altares internos de mármol polvoriento en desuso desde la primera guerra mundial; guerra que no tuvo su Hendrix ni su Morrison ni su Joplin (aunque sí su Scott con este mismo apellido). La policía llegaba rápido al ver que se prendía el alboroto. Se limpiaban con pintura gris las tumbas decoradas por los peludos, pero siempre permanecían unos chicos de negro con bufanda morada buscando unas palabras de aliento del viejo Jim, algún vapor que limara un poco el horror giscardiano de los asquerosos años setenta y ochenta.
    El letrero «Concession à perpétuité» que distinguía algunos lotes del cementerio con su ambicioso apunte no impidió que los vaciaran, que los tapiaran, para luego poder rellenarlos con nuevas concesiones perpetuas, tan perecederas como las anteriores. No hay equivocación más terrible y más común en la humanidad que pensar que las palabras labradas en piedra persistirán para siempre sin la ayuda de algún espíritu que las anime. Esta verdad plantea sin embargo, para mi narración, unas incógnitas que nunca podré explicar, por lo menos en esta vida... Ese espíritu que, sencillamente, en su forma más común es la acción de la memoria, que se convierte aquí en la versión humana —portátil, volátil— del juicio final; una microrresurrección que justifica el mantenimiento de una tumba, la conservación del rastro. Pero el cementerio del Père-Lachaise, como tantos otros, está lleno de anonimatos, lleno de héroes olvidados, o de tumbas sin familiares sobrevivientes, y reciben el mantenimiento sabio del deterioro: la mera calidad de los materiales o el interés de su diseño es la medida de su supervivencia. Hay, sin embargo, ciertos mausoleos que poseen la extraña irradiación de lo maldito; se ven abandonados, pero una sobrecogedora majestad oscura y perversa incrementa su estatura y su volumen.
    Relataré la historia de un siniestro episodio familiar que señala la existencia de un terrible mundo subterráneo, una fuerza que se manifiesta extendiendo la mano desde lo desconocido para sembrar la locura homicida y la muerte en el mundo de los vivos. Los cementerios, por supuesto, son lugares que atraen la especulación, sembrados de energía sobrenatural, cargados de emociones muy diversas que revolotean por generaciones.
En mi deambular de años por este cementerio se me grabaron los nombres de muertos desconocidos, la ubicación exacta de ciertos sepulcros, hasta el punto de que después de quince años de ausencia puedo encontrar cualquier tumba por piloto automático. Entre todas, una en particular que descubrí por casualidad y llamó mi atención, pues contenía la clave premonitoria de un terrible crimen ocurrido justamente en los primeros meses de mi estadía en esa ciudad. Cuando reencontré la tumba después de tantos años entendí que no había soñado ni inventado sus inscripciones macabras, entendí que no había sido una alucinación causada por el escape psicotrópico. 

    Con una exactitud siniestra y con un siglo de anticipación, la ominosa inscripción mortuoria anunciaba la fecha del asesinato de mi prima segunda Michèle y de todos sus hijos, cometido por su esposo, un desequilibrado cuyo apellido era el mismo nombre tallado en la sepultura.
    Mi prima Michèle se crió en ese apartamento frente al Père-Lachaise. Tengo fotos de su infancia, en los años cuarenta. La veo, niña escuálida y delicada sobre el balcón con el cementerio de fondo, idéntico al que me tocó de telonero de las rumbas.
    Fui expulsado del liceo francés de Caracas por fumar marihuana con un profesor de literatura en una fiesta (él también fue expulsado, pero más por convivir con una niña del salón), por lo que tuve que terminar mi bachillerato en París, Ciudad-Bombillo. El apartamento vacío frente al Père-Lachaise, abandonado por nuestra familia desperdigada, fue mi laboratorio de fisión cultural. Allí, después de los dramas, viví un tiempo con mi compañera, una violonchelista colombiana. Compartíamos el piso con numerosos satélites de paso, convirtiéndonos en expertos de la rumba familiar y folclórica: arpa llanera, tambores, frijolitos, vómitos y gritos.
    Los pisos antiguos de París son membranas muy resonantes de madera y yeso, que amplifican todo como una gran bocina: el chorro de orina, los interruptores, el goteo del lavamanos y, por supuesto, el violonchelo, las congas, el zapateo, los alaridos y las orgías. Con el agravante serio de que en París, a fines de los setenta, la salsa era un producto extraterrestre incomprendido. Hoy en día uno dice «salsa» y las francesas se quitan la ropa y se retuercen como serpientes; cualquier citoyen saca un bongocito de su bolso y pregona su divisa «liberté, égalité, fraternité» en clave de guaguancó. Las niñas bien reciben su clase de salsa los jueves por la tarde.
    En aquel París, planeta sin salsa, con Pedro Fernández, el Matemático, celebrábamos el calor del verano en un convertible Peugeot color Bordeaux —horrible» escuchando a Héctor Lavoe por la Place de la Concorde, full blast. Centenares de parisinos harían lo mismo hoy si el clima de París no fuera tan infame. La salsa perdió su rebeldía medicinal en ese templo de la moda. Para igualar el individualismo perturbador del salsero que exhibíamos, volémosles los tapones a los franchutes rescatando hoy las canciones de Charles Trenet, viejo mago del trabalenguas francés: «Qu'il est beau, qu'il est beau, le débit de l'eau; qu'il est laid, qu'il est laid le débit de latí...». ¡Wow! Raperos franceses, pobrecitos: ¡temblad!
    Una tarde en el Père-Lachaise conocimos a un jardinero de las tumbas, Goudablah Kligueh, alias Basile, de la República de Togo. Divagando en la desocupación del verano, nuestro peregrinaje mortuorio era con casete: «Siguaraya la mata no se pué tumbaé»; «Taboga, Taboga mía»; «En-tren que caben cien, cincuenta parao', cincuenta de pie» (buen tema para cementerio, por cierto); «Tumba la caña, ma-che-tero, tumba la ca-ñá...»; «Las tumbas son pa' los muertos y de muerto no tengo ná...». Pura tumba y timba entre la tumba de Chopin y la del dictador Trujillo (enterrado sin cabeza), deambulando, cuando de repente aparece un africano impecable con incisiones faciales que parecían branquias de tiburón en las mejillas, limpiando geranios en una tumba. «Y ustedes, ¿españoles? ¿Qué hacen por aquí oyendo esa música? Yo canto, escribo poesía», afirma el hombre en un francés elegante con fuerte acento percusivo del África negra. De inmediato nos hacemos amigos del togolés, cuyo jefe de mantenimiento de sepulcros era curiosamente el esposo de la conserje de nuestro edificio, portugués. Todo en orden: hay más de una conexión entre mi edificio y el cementerio. Y por fin un africano que ayudará a resolver incógnitas musicales en este exilio tan cartesiano, pensamos.
    Invitamos a Goudablah a nuestras asambleas musicales, que siempre coronaban un gran premio: la citación a la gendarmería el lunes siguiente. A pesar de los problemas con el vecindario, logramos identificar entre otros el original africano del guaguancó y su significado en solfeo togolés, con la experiencia de nuestro nuevo amigo, el jardinero de tumbas: «Es un baile de cortejo sexual», afirma el africano.
    «Con razón hay tanta gente procreando en el Caribe» —deducción instantánea de Pedro, el Matemático: seducción en progresión geométrica, y esa campana pélvica del guaguancó...
«Sí, es un baile de embrujo muy carnal, pero en Togo hay mucho más», dice el africano.
    Y ante nuestros ojos, al calor de los tambores de la rumba que sonaban con furia propulsados por la gasolina del Bordeaux barato, en el apartamento frente al Père-Lachaise desfilaron los animales de las montañas y valles de Togo: mandril, ciervo, lagarto grande, serpiente, águila, saltamontes. Todos los animales prohibidos en el edificio.
    En una danza metamórfica de alta plasticidad, creando una cadena de ilusión danzante, con sonidos, chillidos y muecas inimitables, Basile Goudablah vibra poseído por los espíritus del monte. La membrana interdomiciliaria parisina late como un cuero prensado mientras el antes tímido togolés rebota en flexiones y espasmos pulsantes indescriptibles, la mirada fija en trances de asombro, bestiario simbólico de calistenias radicales; mejilla inflada, chupada, ojos brotados, cabeza oscilante. Olvídense de cualquier ballet de Pina Bausch, esta danza destruye doctorados en coreografía, destruye el apartamento. Nuestra corta vida admirando danzas de Bata o tambores de Burundi recibe una bofetada cultural de energía.
    Conocíamos tantas cosas del afro, inscritas en nuestro castellano labrado por siglos de onomatopeyas y conglomerados percusivos, pero en ese momento se nos disparó el nivel magíster en trance extrasorbónico, viendo a este individuo recordar unos bailes de su pueblo.
    El modesto salón de siete metros con ventanales al Père-Lachaise, y su balcón extralargo, nave sublime que ataca el laberinto de calles que bajan de Ménilmontant hacia un mar de torres y cúpulas históricas, progresaban hacia el poniente al son de la brujería. Basile nos iba dictando ritmos, y traducíamos sus instrucciones con nuestro diccionario del tambor afrovenezolano, solidario en los exorcismos. El cementerio se estremecía a nuestros pies. París se crecía por obra de un jardinero importado de África: él valía más que los chuzos y bolas de piedra que veíamos desde la altura; el Panteón, Notre Dame, el Hôtel des Invalides con la tumba del emperador, prototipo del desencajado Bolívar; la indescriptible torre Montparnasse, lápida marrón del futurismo desechable; flechas y cúpulas que navegan en la polvareda errónea de siglos malgastados.
    Toda esa cultura llena de pretensiones, de preceptos sin efecto, de huesos resecos, ganaba puntos por fin en la bolsa de valores humanos por albergar la magia inesperada y anónima de un africano sencillo, estudiante de administración que se pagaba sus estudios limpiando tumbas —qué lindo, qué humilde—, ayudando a exhumar muertos de sepulcros en concesiones vencidas, y Francia no entendía la importancia de ese embajador. El reino de Francia, inmóvil y eterno a pesar de su infinita rueda kármica de modas y mudas, no entendía —ni probablemente entiende— que por sus calles y basureros se pasean inmigrantes portadores de poderosos remedios a la insidiosa depresión, a sus inconcluyentes y patéticos intentos de explicar su castración emocional.
    Pero no entienden: «Tumba-Lacan-yá-ma-che-tero, Tumba-Lacan-yá...».
    El lunes siguiente, mientras las viejitas se dejaban enredar toda la mañana en perversos círculos en torno a los árboles de la plaza por sus perritos tiranos que buscan un lugar especial para defecar, los gendarmes me enviaban la citación por alterar la paz y el orden: el orden de los perritos que siembran su paté de excrementos en la plaza, donde una moto que limpia pupú de perros —la moto-crotte, en francés legal, hoy en desuso— vendría a recogerla, restableciendo la paz de las superficies. Para limpiar pupú de perritos sí despliegan mucha ciencia y mucha industria, pero muestran poca sensatez al atender a sus trabajadores invitados, que son casi siempre perturbadores del orden. Hay que ver la complejidad del mecanismo para recoger mierda de perros con una moto.
    Una vez más tuvimos que soportar la cara larga de los vecinos y explicar que éramos simplemente estudiantes, becarios del honorable conservatorio de música, y que también estudiábamos para poder interpretar a Gounod y a Fauré, los creadores de la patética banda sonora del filme de los muertos decimonónicos que teníamos al frente, en el cementerio del Père-Lachaise.
    Aquí nos podemos preguntar en qué consiste la curación traída por Goudablah Kligueh en sus conocimientos ancestrales. No tenemos una respuesta clara, pero entre los ofendidos por el sonido del tambor, que era música de nuestras paredes hacia adentro, y ruido hacia afuera, se destacaban las vecinas del frente, una solterona cincuentona y su madre. Ellas recordaban una tarde siniestra de 1954 en que regresó a casa mi prima Michèle —al mismo apartamento donde celebramos misas colomboafrocaribeñas— a enfrentarse con un fuerte olor a gas y encontrar el cadáver de su padre en la cocina herméticamente cerrada. Era quizás preferible el olor a Cannabis sativa que salía a presión de nuestras fiestas que ese olor a suicidio por gas metano.
    El suicidio de Henri Hamme, comunista alcohólico, esposo de mi tía abuela Malou, astuto parisino vendedor de zapatos —y de cualquier cosa— les puso fin a lustros de violencia doméstica que producía otro tipo de música. Bofetadas y sollozos, tensos silencios que se filtraban quizás con más nitidez que nuestros frenéticos alaridos y tambores por las delgadas paredes que separan las cápsulas unifamiliares. Malou, quien años después sería la amante del secretario personal del presidente Charles de Gaulle, vivió allí su infierno familiar con su esposo Henri y sus dos hijas, entre la segunda guerra mundial y la muerte de Josef Stalin. ¡Qué rumba! La miseria del desempleo alcohólico, sazonado por la lucidez de un marxista flojo y desengañado, por la ironía de un parisino que lo había visto todo desde su puesto en el bar de la esquina, generaba unas situaciones turbulentas y ciertamente perturbadoras del orden; pero la sociedad no podía exponerse a procesarlas sin abrir sus llagas. Una lenta descomposición que a diario se iniciaba con el descenso de Henri por la espiral de la escalera hacia el mostrador donde tomaba su primer vino blanco de la mañana y que terminaba por la tarde en un llanto colectivo de mujeres maltratadas, en laberínticas proclamas y regaños de borracho desempleado. Finalmente, un suicidio a boca de horno, el cadáver del padre ya mudo en el piso de la cocina.
    Mientras tanto, en el Père-Lachaise, labrados en el granito de una tumba del siglo XIX, el apellido de su futuro esposo, Pérignon, y la fecha exacta en que la asesinaría junto con sus tres adorables hijos —el día de la Navidad— esperaban silenciosamente por mi prima Michèle.

    El señor Pérignon, ejecutivo de la casa de perfumes Hermès, tenía serios problemas en su empresa. Se había robado unas fórmulas de perfumes, iba a piratearlos en su propia compañía, pero Hermès estaba a punto de iniciar un proceso legal que podía llevarlo a la cárcel. Mi tiabuela Malou lo adoraba por haber sacado a su hija Michèle del fango, pero ya el príncipe azul, rubio calvo de mirada glacial, empezaba a mostrar algunos síntomas extraños; parecía un oficial nazi a punto de ametrallar un objetivo. El ambicioso y parco ejecutivo había sacado a Michèle de ese antiguo barrio obrero de Ménilmontant para criar a su familia en la lapidaria y fría Avenue de Suffren, en un sector burgués de París más muerto que el propio Père-Lachaise. Mi prima Michèle, una hermosa parisina delicada de ojos inmensos, quedó perpleja una tarde cuando de regreso a su casa, después de un paseo con los niños, se le acercó una gitana yugoslava que la miró de pies a cabeza y exclamó horrorizada: «Señora... sus hijos... ooh, nooo» y se fue corriendo, espantada. La gitana había visto la muerte que ya se le venía encima. En algún signo, en alguna dimensión estaba codificado el terrible final marcado en la tumba del Père-Lachaise.
    Por esos días del anuncio de la gitana loca, yo llegaba de Caracas a terminar mi bachillerato en un liceo público de París, y no conocía el invierno. Preparándome para salir todas las mañanas, en la penumbra del alba otoñal veía el cementerio desvestirse, y tras los follajes ocres amarillos y rojos iban apareciendo las tumbas. No imaginaba que esa oscuridad fuera una ofensa tan grave al espíritu, la gente se encerraba de verdad en sus abrigos, todo se iba ocultando detrás de una capa de mierda marrón. Era normal. ¿Normal? Claro, con la experiencia viajera uno se va dando cuenta de los matices; que el invierno de Boston es luminoso y variado; que en Buenos Aires se estancan los gases de los autobuses entre los edificios, se enfrían en su ascenso lento y retornan al nivel del asfalto, creando un Auschwitz en un bandoneón; que en Wisconsin te sepulta la nieve; que en Londres los parques se convierten en cuadros de Turner con ganas de orinar; pero en París, la lluvia lenta al tocar el piso se convierte en aceite de cárter de Peugeot, el cine se vuelve un refugio triste y melancólico, deseo frustrado de ser otra cosa que un francés; el gran proyecto es el escape hacia cualquier cosa. Por fin comprendía a Baudelaire sin tener que releer el ensayo de Sartre previamente devorado en el calor ruidoso de Caracas.
    Me tocaba acompañar en tête à tête a mi tiabuela Babette en su retorno a Francia —que coincidía con mi propio viaje— a vivir sus últimos meses de demencia senil administrable en libertad, pues ella era la dueña del apartamento. Los ocupantes previos, la familia de su cuñado, el suicida al horno, no habían podido comprarlo y Babette lo había adquirido desde su exilio en Caracas, tierra mágica donde los dólares caían de los árboles, esperando algún día poder aprovecharlo. Ese día había llegado, pero Babette ya era una viejita descalcificada y olvidadiza. Teníamos la tácita misión de cuidarnos mutuamente en la soledad del apartamento y del exilio, contando las cremaciones rutinarias con sus columnas de humo espeso que salían del Columbarium. Empecé a creer que el techo bajo de nubes plomizas que cubre casi siempre a París provenía del crematorio.
    Esos primeros meses de convivencia con Babette fueron un cursillo de demencia: yo intentaba retener información en mi último año de exámenes y ella iba en picada hacia la arteriosclerosis cerebral. Era ver el desmoronamiento de una referencia familiar que siempre había sido prolífica y confiable: la tía que tapizó mi infancia de recuerdos de Francia, de regreso a su tierra no recordaba ni dónde estaba la cocina. Su hermana Malou se quejaba desde la lejana Bordeaux: «Mi nuero tiene problemas, la cosa no va bien». «¡Y tan bien que le iba en esa empresa tan prestigiosa, te imaginas, les parfums Hermès!», me repetía Babette. Parece que el marido de Michèle ya no duerme, no sale. Nosotros nunca los veíamos, ya ni siquiera salían a su casita de campo de Mortagne-au-Perche, en Normandía; por cierto: ciudad del gran festival de la morcilla francesa, feria de la sangre animal transformada en gastronomía. Pero eso se va a arreglar, ya verás... el señor Pérignon es un buen marido. Faltaba poco para que mi descubrimiento de Europa se sazonara con un sórdido desenlace sangriento, en la capital de la morcilla.
    En aquel París sin ascensores había que ganarse varias veces al día con las piernas el privilegio de vivir en el sexto piso con la vista más impresionante, dominando el mundo de los vivos y el de los muertos. Había buenas razones para que los cuartos de la servidumbre quedaran un piso más arriba: si vivías en el séptimo, te tocaba brillarle las botas al del primer piso. Babette descendía la espiral olorosa a cera y pintura a hacer sus compras tres y cuatro veces diarias, y efectuaba la misma compra que se le había olvidado ya haber efectuado. El refrigerador diminuto se iba llenando de múltiples copias idénticas de la misma bolsita de peras, del idéntico trozo de roquefort, de los tres medallones de lomito, y la tía me preguntaba por qué sobraba tanta comida. Francamente, los que padecían del peor Alzheimer, en su variante de mala fe, eran los pequeños comerciantes del barrio, que se prestaban a semejante repetición de la venta. Afortunadamente ya casi no quedan pequeños comerciantes, melifluos estafadores de a centavito: hoy los supermercados y franquicias —incluso de panadería— están estrangulando a los negocios locales, dándole la estocada final a la hipocresía de las viejitas chismosas que formaban el tejido de la cotidianidad comercial parisina. Ahora sólo hay cajeras de origen suburbano de una vulgaridad espectacular, y computadoras: como debe ser en un país desarrollado. Ya es frecuente en los años 2000 —¡al fin!— ver parejas de franceses de edad media, y de clase media, almorzando en un McBurger con las papitas regadas en la bandeja plástica o en la mesa, con la mirada perdida en el recuerdo de algún filme; al fin se está acabando esa olorosa vida parisina de sobacos hediondos y comunistas que fuman tabaco negro —le rouge et le noir— en bares sin nombre, recreando el mundo desde la lucidez que otorgan infinitas generaciones tomando copas de vino blanco al alba, antes de entrar a la fábrica. En las franquicias de hamburguesa no puede sobrevivir esa forma infecta del ser humano que es el mesonero francés, el garçon, que intimida y gruñe, que lo tiene todo resuelto en un humillante sistema que combina con rigidez la filosofía de las apuestas hípicas con las setenta y tres reglas de la etiqueta. En París una mitad de la población le sirve la comida a la otra mitad, una mitad le limpia el culo a la otra, entre gruñidos. Entre las dos mitades hay un muro de mutuo respeto, un sutil zigzag humano indescifrable. Por la confusión de valores y novedades, el extranjero que cae allí se demora años en darse cuenta en cuál de los dos campos aterrizó: el de los que limpian. Pero ya el fast food está acabando con Luis XIV y su corte de perritos peluqueados; ya pronto todos serán empleados de Gaulle-cacola.
     En toda mi infancia recibí de la tía Babette una lluvia de cuentos increíblemente complejos sobre la vida en París durante la segunda guerra mundial: los bombardeos, el mercado negro, los viajes en bicicleta entre el campo y la ciudad esquivando los controles de los alemanes para traer un kilo de manteca o un conejo; y tantas otras historias, los túneles secretos entre las casas de campo en Fontainebleau, las del tío La Bonnardière, médico de la aristocracia libanesa del siglo XIX; la muerte de su padre —mi bisabuelo— en motocicleta el día en que ella nació, probablemente una de las primeras muertes en moto de la historia. En fin, todo un bagaje educativo directamente importado de Epernay, la tierra del champagne, cosecha 1905; información muy útil para un niño en la Venezuela de los años sesenta.

    Ya en el apartamento frente al cementerio ella recordaba sólo las cosas más antiguas, revivían los antepasados, me hablaba de tías y señoras muertas. También presencié el cortocircuito más extraño que haya sentido en mi vida: Babette recapacitaba y se excusaba diciendo que el presente no contenía realmente lo que ella veía, que se daba cuenta, que no la fueran a tildar de loca; pero de inmediato su mente se sumergía de nuevo en la demencia. Mi papá aún era un niño, mi bisabuela aún vivía, la bota de los alemanes aún taconeaba por los infinitos túneles de la noche parisina, acababan de surcar el espacio aéreo de Epernay los ases de la aviación francesa de la primera guerra. La realidad pasada levantaba un espacio virtual desde la noche infinita de la memoria. Viví en carne propia la alegría sin límites y absurda de la demencia senil, una forma de vida eterna totalmente proustiana.
Una tarde Babette gritaba desde la «sala de baño» (que antes era una habitación a secas, porque antes de septiembre de 1970 los franceses no usaban agua sino perfume, de la casa Hermès, por cierto), vestida y lista para salir: «Paul, Paul, ha desaparecido la puerta de la casa». Se le había olvidado que al final del corredor había una puerta hacia la escalera.
    Cuando lograba salir distribuía dinero en la calle, pequeñas fortunas que repartía a varios desconocidos con los cuales tramaba grandes aventuras, y regresaba con relatos fragmentarios angustiantes de cómo le había prestado 500 francos a un muchacho con el cual ella iba a ir mañana en bicicleta a visitar a su mamá —que estaba muerta y enterrada desde 1933— porque su mamá la requería con urgencia... El presente de ese momento de 1976 era horrible, como siempre lo ha sido desde Hegel. Siempre la crisis, la «prisis», los titulares de los grandes periódicos llenos de angustia amorfa, pero ella vivía en un mundo ya clausurado, envuelto en su solución. Ciertamente, la segunda guerra mundial que aún latía en su cerebro era un tormento que se prolongaba de manera extraña, pero a diferencia de esas minas y bombas de la primera guerra mundial que todavía matan campesinos, alargando la lista de las víctimas del conflicto que terminó en 1918, la guerra en la mente de Babette era una guerra perfecta porque ella sabía que no iba a morir en su conflagración. Sabía que iba a vivir en Venezuela a partir de 1947, y que todo iba a normalizarse; entonces el viaje en bicicleta con el muchacho conocido ayer en la calle, para traer un jamón de Normandía esquivando alcabalas de alemanes que ocupaban Francia, no iba a ser tan peligroso en 1976. Terminé mi bachillerato sumergido en esa lógica extraña, y la evocación de nombres y situaciones creaba una presencia virtual en el apartamento, ya cargado de fantasmas, mientras yo descubría el país de mis ancestros, exploraba el cementerio en la náusea de los mausoleos anónimos que aparecían en todo su horror bajo los árboles desnudos. ¿No sería que Babette, en su demencia, bajaba a la calle y entraba de veras al París de 1943? ¿No sería que ella percibía cosas que todavía flotan en el aire y que nuestra razón censura?
    Cuando descubrí la tumba con la ominosa inscripción, unos meses después del asesinato de Michèle y sus tres hijos, masacre perpetrada con un rifle por el padre de familia en la noche del 24 al 25 de diciembre de 1976, después de la repartición de regalos, en la solitaria y macabra casita de campo de Mortagne, toda mi concepción del tiempo y de la muerte cambió. El asesinato estaba escrito en la piedra, en el frío granito decimonónico, y en la lógica de toda la sociedad francesa putrefacta. Aun después del crimen la suegra del asesino, mi tía Malou, hermana de mi abuela, juraba que Pérignon había masacrado a su familia por amor, para protegerlos del escándalo que iba a manchar su nombre. «Grandioso, qué amor tan estupendo», pensé. Mi soledad profunda en esa civilización europea tan desalmada y atomizada, tan congelada y muda, aumentó, explotando en rechazos y rebeliones, culminando en el verdadero descubrimiento de mi apego por la cultura latina.
Los diez años siguientes, que pasé en intenso diálogo con los amigos que descansan en el Père-Lachaise, franceses de otros tiempos, artistas exiliados, Apollinaire, Edith Piaf, Modigliani, confirmaron la idea de que el tiempo no existe y que los muertos aún cantan, pintan y hablan.

Paul Desenne (Caracas 1959). Músico venezolano que ha compuesto música para numerosos solistas y grupos, tales como la Camerata de las Américas de México, el Palladian Ensemble de Londres, Paquito de Rivera y su trío Triángulo, y el Ensemble Continuum de Nueva York. También ha desarrollado su carrera de solista en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, con la agrupación Tocata Criolla (Cervantino 2000), y con muchas grupos de cámara y orquestales.
Ha publicado varios CD con sus obras y creaciones, el más reciente con su agrupación de creación colectiva Alzheimer, donde presenta un comentario sobre la demencia senil de la cultura.

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