jueves, 26 de julio de 2012



En defensa de los bellos monstruos, por Norberto José Olivar

El hombre lobo, Drácula y Frankenstein son los bichos más galanes que haya visto jamás. De niño, miraba estos filmes en un viejo televisor Philips, blanco y negro, cascarón estilo Los supersónicos, flanqueado por los ronquidos de mis padres a la medianoche
¿De dónde proviene la belleza de estos seres monstruosos? Ahora, con más años encima, diría que de un colador romántico y puede que de cierta nostalgia de mi propia infancia, ¿pero qué era lo que le atraía al niño aquel de esas criaturas deformes?
Especulemos sin remordimientos: digamos que puede tratarse del simple acatamiento a las proporciones, según se atreven a sentenciar los que escriben sobre gustos y colores, esta es la regla elemental de la belleza. Esta idea podría explicar por qué las nuevas películas de hombres lobos que, en un desafortunado esfuerzo de “realismo” han llevado el proceso de metamorfosis al extremo de asumir la apariencia de un vulgar “perro amorfo” al personaje (desapareciendo por completo al hombre, las proporciones humanas) han disipado el miedo que inspiraban. Lo bello es lo que asusta, lo contrario causa asco y, según Kant, no puede ser representado.
 

Añade Friedrich Schiller que somos atraídos por lo triste, lo terrible y lo horrendo, devoramos historias de asesinos, fantasmas y tragedias y que la conexión con lo real es lo que nos causa el verdadero espanto, pero que el placer, en sí, viene de la observación que hacemos desde nuestra propia seguridad y no importa qué tan educados seamos, estos instintos morbosos anidan en nuestro interior. Entonces la posibilidad de la contemplación sumada a la idea de la proporción como condiciones de belleza, puede servir para hacernos una opinión (seguro que errada) sobre lo bello y lo feo.
Sigamos a tientas. Buenaventura de Bagnorea afirma que la imagen del diablo es bella cuando representa bien su fealdad, y Kant, que el arte muestra como bellas cosas que en la naturaleza serían feas. Como sea, todo nos remite al filtro del arte antes que a cualquier otro motivo, y esa elaboración estética acaba por convertirse en nuestro imaginario y en medición del gusto mismo. Umberto Eco escribe que el contento por lo gótico y por las ruinas es característico de lo visual y lo literario, que mientras unos representan lo triste, lo terrible y lo horrendo, otros se preguntan por qué la idea del deleite y el placer ha estado asociada a la experiencia de lo bello. Tengo la sospecha de que este embrollo no tiene explicación y que, como tantas otras contradicciones de los humanoides, debamos abrazarlas y conformarnos con la pura exploración y acomodo que, gracias al arte, nos permite vivir despreocupados frente a la incertidumbre.

Así que valiéndome ahora de una tientaguja llego hasta La familia Adams, el seriado de televisión de 1964 que mostraba unos individuos que vivían muy a gusto en ese lado oscuro de lo bello, encontrando placer estético y un “extraño” confort espiritual en las cosas más insospechadas y tétricas. Una alegría inocente ante todo lo funerario que dejaba boquiabierto a sus vecinos y visitantes. Los juegos maravillosos y extravagantes de Pericles y Merlina, recordemos, o la coquetería tenebrosa de Morticia y sus eróticos arranques en francés que enloquecían a Homero, hombre amante de la tortura, pero también de su mujer y su familia, son ellos el cotejo de una singular compactación. Sin duda, los seres cobijados en el hogar de aquella derruida mansión, eran felices, con fuertes lazos filiales que constituyen un modelo exitoso de núcleo familiar, pero que gracias al toque de humor e inteligencia de sus autores, develaban el lado oscuro de cualquier ideal o convención de belleza y convivencia conforme al arreglo social comúnmente aceptado.

El lenguaje del arte viene a ser, entonces, la condición y la vía para que lo bello resplandezca en los sitios más inesperados y trastocar, así, nuestra mirada. Los ojos tristes de un perro son, pues, la proyección de nuestros sentimientos, los monstruos serán lindos en tanto nos representen, los lugares más terroríficos, las olas más mortíferas serán un magnífico espectáculo de la naturaleza solo si los admiramos desde la seguridad de una sala de exposiciones o cinematográfica. Y a medida que vamos descubriéndonos a nosotros mismos, a medida que nos conocemos, nuestros pareceres sobre la belleza se van ampliando de manera impensada, inesperada y hasta en negación con ideas “inmutables” en el pasado.
Sí, el hombre lobo, Drácula y Frankenstein son los monstruos más hermosos jamás vistos, claro que sí, siempre y cuando no me los tropiece en la puerta del baño o debajo de la cama. De cerca sería una asquerosa comedia de horror.

Bambi Café (de Carla), mayo 08 de 2012

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