martes, 4 de septiembre de 2012



«Buenos Aires, la buena», por Norberto José Olivar

Al personal del Hospital general de agudos
Doctor Cosme Argerich


En Belgrano tuve el presentimiento de que, al fin, podría decir lo que siempre quise decir: «¡Siga a ese taxi!». El chofer sabía que el resto de mi familia iba en el taxi de adelante, así que tomó el asunto con el humor debido y cogimos rumbo al estadio del Boca a satisfacer el deseo de mi sobrino Rafael Alejandro, hincha —vía satélite— de este equipo. Hubo que atravesar la ciudad, periplo de una hora, más o menos, si mis oscuros recuerdos no fallan. Dejamos atrás el Museo de Bellas Artes, el secretísimo Museo de Arquitectura y Diseño y una estrambótica escultura de Botero en medio de un parque lluvioso, frío y solitario.
Al detenernos frente al estadio mi sobrino exclamó: «¡La bombonera!». La frase me hizo gracia y puede que a mí también me brillaran los ojos, como a él hacía unos segundos, porque algunas construcciones de los alrededores ya anunciaban la cercanía de Caminito. Pagué, pues, lo que decía el taxímetro y de seguidas sucedió lo que uno nunca cree que le va a suceder: Mi sobrino Rafael Alejandro se apeó del vehículo con la algarabía propia de un niño de doce años a punto de ver el santuario de sus héroes, pero el gesto de felicidad extrema se convirtió, en una fracción de tiempo infinitamente minúscula, en una expresión de dolor absoluto, cayó de rodillas apretándose la barriga y llorando y gritando de desesperación. Mi cuñado, Kike, que hacía de custodio legal del niño durante el viaje (sus padres habían quedado en Maracaibo) trataba de reanimarlo suponiendo, igual que yo, que el muchacho tenía una extraña tendencia a lo dramático cuando se trataba de la salud, de hecho, lo considerábamos la reencarnación del abuelo paterno (aunque éste todavía vive) que es un auténtico hipocondríaco. Pero al constatar que ni Messi lo sacaba del trance, lo llevamos al hospital Cosme Argerich a unas pocas cuadras.
El niño ingresó por la guardia (emergencia) y nadie molestó solicitando documentos ni nada. Médicos y enfermeras se volcaron sobre él y le hicieron todos los exámenes necesarios sin salir del hospital ni una vez. El doctor Disumma explicó que se trataba de una apendicitis que tenía que operar de inmediato, sobre todo, si estábamos próximos a regresar al país, «es un viaje muy largo y peligroso en su estado», nos dijo. Mi cuñado, tratando de pensar con sangre fría, tomó la decisión de intervenirlo allí mismo sin perder un instante. Entonces las vacaciones se transformaron en otra cosa, sin duda.
Mientras aguardábamos, en un tercer piso, creo, llamé a Adriana Morán, editora de la Vaca Mariposa, para decirle que sería imposible ir a la presentación de la Historia natural del fracaso, en la librería La Libre, de San Telmo, esa tarde. «Por suerte», me dijo ella al día después, «tu paisano Alberto Moreno, llegó de Chile y te hizo el quite leyendo uno de tus cuentos y disculpándote con los amigos bonaerenses».
Abajo, mi hermana, mi esposa y siete niños permanecían a las puertas del Argerich expectantes y asustados. No entendían cómo un viaje, tan extraordinario, podía terminar en un hospital. Parecía una cosa absurda y sin sentido. El propio Rafael Alejandro al verse despojado de su ropa de invierno y vestido con la desechable del quirófano entró en una crisis de nervios con la que tuvimos que bregar un rato. Luego los sedantes hicieron su efecto y los enfermeros se lo llevaron. Dejarlo de ver fue una sensación terrible, teníamos que confiar y esperar. Mientras tanto mi cuñado se comunicaba con sus padres en Maracaibo (mi hermano y su hermana) y el pánico de ellos se nos contagiaba también. El doctor Disumma estaba consciente de la situación, así que trató de hablarnos con mucha claridad y calma.
La operación fue exitosa y el niño permaneció hospitalizado apenas 24 horas. Le suministraron todos los medicamentos y atenciones que necesitó. Iba a quedarme con mi cuñado a cuidarlo, pero la enfermera de guardia me obligó a abandonar el hospital a la medianoche. Cuando regresé a la mañana, el niño se quejaba porque no podía toser sin que le doliera la herida. La enfermera, del relevo, le enseñó a cómo hacerlo y a lidiar con la molestia, pero cuando vio que el niño se ponía su franela del Boca Juniors, la mujer se cuadró y dijo con los brazos cruzados: «¡No me jodas, nene, si sé que sos de Boca no te enseño a toser!», reímos de la ocurrencia y nos sentamos a hacer tiempo. Lo peor había pasado y nacía cierto optimismo.
Desde la ventana del cuarto se veía La Bombonera y Caminito. Y yo recordé un tema de Cacho Castaña, tanguero esencial, bien melodramático para esa hora: «Si vieras que triste que está la Argentina, tiene la mirada de los caminantes que ya no caminan…». Estirando la letra, esos andantes podíamos ser nosotros, pensé. Y bueno, sabíamos que el viaje había concluido porque ya todos queríamos regresar. Y al llegar la orden del alta nos asombramos de que nada se nos cobró, ni hubo que llenar formularios tediosos e insufribles. Por lo visto, en algunos lugares del planeta, todavía, «salvar la vida» no se condiciona a nacionalidades, seguros o tarjetas de crédito.


Irama, agosto 21 de 2012

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