viernes, 24 de enero de 2014

Los ojos de la fantasía

Los ojos de la fantasía





      Joseph Conrad declaró alguna vez que no escribía cuentos fantásticos porque hacerlo sería negar que la realidad misma lo era. Es cierto que, si consideramos todas las sorpresas, absurdas coincidencias, ocurrencias imprevistas y hechos inexplicables que componen nuestras supuestamente racionales vidas, no es la calidad lógica la que parece definir nuestras acciones de todos los días. La resurrección de los muertos en el recuerdo, la existencia de seres que desafían el espejo en el que nos contemplamos, los relojes que marcan horas más allá de nuestra conciencia y en los cuales el futuro es fuente del pasado, y, por sobre todo, esas rendijas del mundo cotidiano por las que se cuela lo que San Pablo llama “la evidencia de cosas no vistas”, sugieren que nuestra certeza en un mundo concreto e inmutable es peligrosamente exagerada. Nuestra arrogancia quiere que el mundo sea absolutamente comprensible. Nuestra experiencia incesantemente niega esa convicción.
No sabemos si nuestros antepasados sentían la diferencia entre una narración realista y una fantástica. Las documentadas injusticias del Rey Gilgamesh y sus mágicas aventuras con monstruos y fantasmas no parecen pertenecer a dos géneros distintos, y un catálogo de la biblioteca de Asurbanipal enumera biografías de monarcas, demonios, jueces, hombres sabios, criaturas aladas y gigantes con un mismo rigor académico. Retrospectivamente, sin embargo, una vez definido el género a mediados del siglo dieciocho, podemos reconocer antepasados de la literatura fantástica en Grecia, Roma y la China antigua, en ciertas leyendas africanas y en los primitivos relatos escandinavos. Las historias de fantasmas (“viejas como el miedo”, escribió Bioy Casares) han existido siempre, los lectores escépticos no.
Las historias de fantasmas han existido siempre, los lectores escépticos no
“Existen dos maneras de acercarse a lo fantástico”, escribe Jacobo Siruela en el prólogo a su Antología universal del cuento fantástico. “La primera es centrípeta, y tiende a delimitar su campo de acción dentro de una estructura narrativa determinada y unos periodos históricos bien definidos. La segunda es centrífuga, y se extiende más allá de los géneros”. Y agrega: “La primera clasifica y pertenece al ámbito de la crítica. La segunda, desclasifica y proviene del desenvolvimiento del arte mismo”. Prueba de la segunda es la impresionante antología compilada por Siruela (sabio y ecléctico editor) como sobrio y clásico ejemplo del género. No sé si el adjetivo “universal” en el título está enteramente justificado: no hay, en este tomo de más de mil páginas, ningún ejemplo de la literatura fantástica oriental, ni de los delicados cuentos fantásticos japoneses, ni de los mágicos cuentos árabes. Si bien se encuentran, entre los más de cincuenta cuentos, tres o cuatro autores contemporáneos cuyas novedosas incursiones en lo fantástico merecen ser conocidas, el resto del conjunto corresponde a la más acérrima tradición del género.
Como toda antología digna de ese nombre, ésta ofrece a su público motivos de alegría y desacuerdo. Para este lector al menos, ciertos cuentos, aunque famosísimos, soportan mal una relectura: ¿merecen ser reimpresos El pie de la momia de Gautier o ¿Quién sabe? de Maupassant, por ejemplo? En cambio ¡qué delicia encontrarse nuevamente con Cómo llegó el amor al profesor Guildea de Robert Hichens, o Silba y acudiré, el cuento más célebre del más célebre de los autores de ghost stories, Montague Rhodes James! Uno de los placeres más refinados que toda buena antología ofrece es la oportunidad de disputarse con el antólogo: preferir La casa de los deseos o Ellos deKipling a La marca de la bestia; elegir Tobermory de Saki en lugar de El ventanal abierto (cuyo delicioso final no parece autorizar su inclusión en una antología fantástica); Los hechos en el caso de Monsieur Valdemarde Poe al menos eficaz Manuscrito hallado en una botella. Pero estas son cuestiones de afección o de gusto, y provocan divertidas querellas entre amigos, cada uno ofreciendo, sin más verdaderas razones que el antojo, su propia lista de preferidos.
Es posible que, al menos a partir del siglo veinte, cada generación y cada lengua requiera su propia antología de la literatura fantástica para refrescar la memoria de nuestras fantasmagóricas bibliotecas. Así, en 1928, Dorothy L. Sayers ofreció a los lectores británicos una espléndida antología de cuentos, de los cuales al menos un tercio eran obras maestras fantásticas, Tales of Detection, Mystery and Horror; en 1940,Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo reunieron la imperecederaAntología de la literatura fantástica que tanta influencia tuvo en las nuevas generaciones de escritores latinoamericanos; en 1966, Roger Caillois (la inspiración, según nos confiesa Jacobo Siruela, del presente volumen) publicó su Anthologie du fantastique en dos tomos, divididos por nacionalidades; en 1976, Rodolfo Walsh propuso a los lectores argentinos una Antología del cuento extraño en cuatro volúmenes. A estas colecciones fundamentales, los españoles pueden ahora enorgullecerse de agregar esta Antología universal del relato fantástico.

Antología universal del relato fantástico. Varios autores. Edición y prólogo de Jacobo Siruela. Atalanta. Girona, 2013. 1.230 páginas. 55 euros


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