martes, 19 de mayo de 2015

Historia y espanto: ese monstruo que llevamos
dentro, por Norberto José Olivar

Conferencia del 29 de abril en el auditorio Hesnor Rivera de la Facultad 
de Humanidades de la Universidad del Zulia



Dice Aínsa que «la historia como la novela es hija de la mitología».
Yo oigo esto y siento un gusto tremendo ya que un día fui expulsado del paraíso de los historiadores cuando me puse en la tarea de publicar mis pareceres en los géneros de la novela y el cuento. Y la cosa viene cuando le pregunté a uno de los historiadores más connotados de este país ¿qué utilidad tenía la historia?  y me dijo muy tranquilo y bostezando «que ninguna». Y yo que ni siquiera había puesto en la  pared mi título en Historia, y escuchada semejante sentencia, decidí que se quedara en alguna gaveta olvidada.
Concluí de seguidas que, dada la inutilidad de mi nueva profesión, me consagraría exclusivamente a la historia de Maracaibo. Lo que me parecía todavía más pequeño e insignificante. Había en ello, además, una sensación de fracaso que me atraía fatalmente. Tenía viejas dudas. Por ejemplo, siempre mantuve la sospecha de que todo lo que escribían de nuestra historia local era falso o exagerado, me parecía que Maracaibo jamás había tenido un pasado glorioso, ni en lo cultural, ni en lo político, ni en nada. Aquello de que fuimos la Atenas del Caribe tenía que dejar alguna huella, esas cosas no desaparecen ni siquiera con un cataclismo apocalíptico. La historia de la humanidad así lo demuestra. Sospechaba de lo contrario. La historia local la veía más ligada al fracaso, a la indiferencia o, dando el beneficio de la duda a nuestros fundadores, a intereses completamente ignorados o insospechados  por historiadores y cronistas.
No obstante, la única posibilidad de avance la facilitaba la especulación, pero digamos que se trata de una especulación basada en el sentido común, que tampoco era nada nuevo. Ya el mítico historiador alemán Johann Gustav Droysen la había patentado, a la especulación, como una estrategia de indagación del pasado que mis maestros despreciaron desde siempre, promoviendo más bien una ciencia histórica con aspiraciones positivistas un tanto primitivas. Esa fue la impresión, al menos, de mi triste escolaridad.
Y como explica Hayden White, el ensayo académico o la crónica de lo histórico, se valen de las mismas figuras literarias de lo ficcional. «Lo curioso –habla Fernando Picó ahora– es que después del provecho sacado a todos estos medios todavía insistamos en la negativa de que la historia es un género literario». Y aún más entretenido me parece Noé Jitrik cuando dice, categórico, que la imaginación es el instrumento común entre los novelistas y los historiadores. En esto coinciden, como algo fundamental, Darwin y Einstein, quienes dijeron que todo se lo deben a la potencia de su imaginación y al sentido común. Curioso que no hayan mencionado al «método científico». Parece, pues, que sin imaginación no vamos a ningún lado, o que la imaginación es el auténtico lubricante de la historia. Pero la imaginación no es una invención dislocada, sino la visualización de las conexiones invisibles de la realidad. Explica John Berger que esas novelas que hablan de mundos fantásticos, de ciudades inexistentes, son modelos solapados de lo que conocemos. Así que solo inventamos lo que existe.
Este es el sustento “teórico”, teórico entrecomillas, con el que avanza mi mirada sobre Maracaibo. Y mientras más me hundo en ella, más me alejo de ella, esto lo dice la filosofía, la buena literatura: cuando más te aproximas a una cosa, más te alejas de ella, tus ojos la captan como si fuera algo extraño, como cuando nos miramos con detalle en el espejo, o cuando miramos a otro fijamente, de pronto sus facciones toman un nuevo sentido, sus líneas se hacen diferentes, nos volvemos extraños ante nosotros mismos. También entendí que esta mirada de Close Up no me alejaba de la totalidad, todo lo contrario. William Blake escribió, por ejemplo, que podíamos ver el mundo en un grano de arena y el infinito en la palma de nuestra mano. Incluso las metodologías investigativas de estos tiempos posmodernos privilegian este tipo de estudios. Pues me he quedado mirando a Maracaibo fijamente, y sí, se me hizo extraña. Lo primero que traspasé fue esa simplificación estúpida de nuestra cultura disminuida a la Chinita y a las gaitas. Luego vi la pobreza de nuestro pasado cultural, político y económico sobredimensionado por aquella necesidad social de habilitar altares para héroes y santos. Sin épica no somos nada, pensamos y es un equívoco de cuidado. Después la andadura de esa mirada se detuvo en callejones un tanto oscuros y poco aceptables. El lado oscuro, muchas veces predominante, en nuestros próceres civiles y militares había sido amputado en la historiografía disponible. Los grandes empresarios se me hicieron vendedores de baratijas y hasta ilustres intelectuales parecían ahora maestros del caletre. Maracaibo se oscureció de pronto. Me fui, entonces, a los depósitos documentales, privados y públicos, y a esa maravilla que es la colección digitalizada del diario Panorama que cubre el siglo XX de nuestra ciudad. Y en ellos encontré, desde la última década del siglo XIX y hasta en un poco más de la mitad del siglo XX, lo impensable y lo increíble fusionado y confundido: suicidas a granel, asesinos temibles, un podrido mundo judicial, ciudadanos desalmados y, ya sé que no me van a creer, vampiros, fantasmas, hombres lobos, platillos voladores y un sinfín de cosas que jamás habríamos pensado que pulularían alguna vez en esta playa peligrosa y no apta.
Me pareció que esta mirada al inframundo maracucho abría la posibilidad de una contemplación más profunda a nuestra condición humana, muy distinta a la Maracaibo turística, simplificada y empobrecida. Una aproximación que la literatura potenciaba. Eco asegura que el contento en lo gótico es característico de lo literario. Y Friedrich Schiller sostiene que somos atraídos por el espanto y lo triste, que «devoramos historias de asesinos, fantasmas y tragedias» ya que su conexión con lo posible es lo que nos causa el genuino miedo, y que el gusto, en sí, viene de la mirada que hacemos desde nuestra propia seguridad y no interesa qué tan educados seamos, estos instintos malsanos anidan en lo íntimo de lo que somos.
Estas son las angustias sobre las cuales escribí novelas como El fantasma de la Caballero, una playa con aires de metrópolis con un sistema judicial completamente podrido, con conductas humanas que exceden y desdibujan las cosas que siempre habíamos creído de nosotros mismos, pues los historiadores y los cronistas, a solicitud de quién sabe qué intereses inconfesables, habían quitado todos los espejos de nuestra casa. Este trabajo, como casi todos los demás, puede que sea uno de esos espejos extraviados y lo que veamos puede que nos asuste, o quizás no. Decía Stephen King que: «Los monstruos existen y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan».
Concluyo con una cita de Claude Adrien Helvetius: «La historia es la novela de los hechos. Y la novela es la historia de los sentimientos». Creo que esta describe bien lo que intenté dejar en claro, aunque tal vez una paráfrasis accidentada a Oscar Wilde facilite con claridad meridiana el meollo: «Le damos a nuestros hijos un calendario criminal llamándolo historia».
Esta mirada al grano de arena que es Maracaibo ha puesto al mundo y al infinito en la palma de nuestra mano. Somos tan diferentes y tan iguales como cualquiera de las playas o metrópolis del planeta. Esa es nuestra grandeza y nuestra desgracia. Pero nuestra épica ni siquiera ha comenzado.
Muchas gracias.

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