viernes, 12 de mayo de 2017

“Los escapados del futuro”


Reinaldo Arenas dijo una cosa tremenda: «Mi actitud de apoyo a la Revolución Cubana fue ingenua, igual que la de muchos escritores latinoamericanos que nunca han vivido en Cuba. Mientras ellos van hacia el ‘futuro’, yo vengo de él». Y la salvación de ese futuro que es la revolución, por supuesto, justifica cualquier dictadura. Pero la verdad sea dicha, y es que esa revolución fue ejecutada para instaurar la dictadura. Como subraya Carlos Rangel citando a Orwell: «la persecución tiene por objeto la persecución, la tortura tiene por objeto la tortura; el poder tiene por objeto el poder». Así la dictadura tiene por objeto la dictadura. Y en ese “futuro” del que viene Arenas, la palabra libertad significa esclavitud. Y ahí subyace otro problema no menos grave: el lenguaje es la primera víctima de ese “futuro”. Muta, a golpes, a una forma de neo-lengua que pretende «crear suficientes interferencias, contradicciones y vaciamientos de conceptos, de modo que sea cada vez más difícil apartarse de la verdad oficial sobre los problemas, los medios para resolverlos y los sacrificios a lo que deben estar dispuestos», escribe Rosa Rodríguez en La neolengua del poder en Venezuela (2015).
Como sea, varias de estas son consideraciones de Carlos Rangel publicadas en 1980. No hace falta catalogarlo de profeta, tampoco a Reinaldo Arenas. Los lectores estarán ya haciendo una inevitable extrapolación. Y concluirán en que, ciertamente, los venezolanos están huyendo desesperadamente del “futuro”. Un futuro que mata el cuerpo y el alma. Se trata, entonces, deduce uno, de un escape hacia el “pasado”, pero no hacia una obtusa  restauración del Ancien Régime, sino del arreglo de un nuevo estilo social —como bien podría decir Miguel Ángel Campos—: que oxigene las relaciones de grupo y fortalezca el sentido de pueblo. Es decir, la exaltación de lo civil ante lo gamonal o ante cualquier otra forma de sumisión de izquierdas o derechas.
Y con casi dos décadas a cuestas, la revolución bolivariana nunca acaba por llegar y siempre hay que salvarla. Con ella, siempre es futuro. Esto me recuerda una escena increíble de Alicia a través del espejo (2016), cuando El Señor del Tiempo interrumpe a Sombrerero Loco y a Conejo Blanco, justo un instante antes de la hora del té, para obligarlos a revelar el paradero de Alicia. Estos lo burlan y se niegan a cualquier confesión. En venganza, El señor del tiempo les condena a vivir, indefinidamente, ese momento preciso de un «segundo antes de la hora del té». En consecuencia, Sombrero Loco y Conejo Blanco estarán viviendo ese intervalo previo a tomarlo, una y otra vez, y la anhelada hora nunca llegará.
Durante ese eterno segundo de espera, mientras la revolución llega y para evitar que se equivoquen huyendo hacia el “pasado”: «El oficialismo ha convertido el Estado en una máquina de matar… Pero no lo olvides: hace todo esto porque te ama. Porque te quiere salvar», escribió Alberto Barrera Tyszka con fina ironía (mayo, 2017), mostrándonos las miserias de ese doble lenguaje ya referido.  
¿Pero en qué consiste el nuevo «estilo social» que debemos buscar en el “pasado”? Como dijimos, no se trata del Ancien Régime sino una nueva forma de lucha por un sinfín de “pequeñas” conquistas, ahora gestionadas por grupos organizados, pero que en suma irán fortaleciendo nuestra idea de democracia. Lo dijo Todorov: la democracia es una continua consecución de modestos triunfos que van ensanchando nuestra percepción de libertad. De manera que ante la idea de hacernos sumisos a cambio de un “futuro” que nunca llega, es más sensato reconocer que, aunque las cosas pudieran marchar siempre más o menos mal —lo dice Carlos Rangel y otros tantos— nunca irán cada vez peor. Y es cierto, la constante de la historia de la humanidad ha sido un innegable camino de superación en todos los aspectos, y esto, aceptemos de una vez, no significa estar exentos de múltiples problemas y que, faltaría menos, nuestra obligación ética y civil es luchar por superarlos. De eso va la vida en democracia. Otra cosa es cierta, mientras más ilustrada sea una sociedad, mientras más logre desarrollar sus capacidades, más inconforme será a pesar de sus logros. Esta inconformidad no es otra cosa que el sentido y la condición natural del ser humano. Y con esta verdad, digamos también, el marxismo no podría lidiar de ninguna forma. Pero como dijo alguien en las redes sociales hace poco: decir que los chavistas son marxistas, socialistas o comunistas, es darle un estatus político que no poseen. En realidad solo se trata de una «hamponatocracia» que ha saqueado todo a su paso.
@EldoctorNo
Norberto José Olivar, mayo 2017

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