domingo, 25 de junio de 2017

Cigarrillos y ciudadanías salvajes


No sé si las señoras Hubertine Auclert (1848-1914) o Emmeline Pankhurst (1858-1928), por señalar dos distinguidas “lideresas” del feminismo, se revolcarían en sus tumbas con la idea de incluir a Edward Bernays, nieto de Freud y genio de las Relaciones Públicas, entre sus nutridas filas. La idea no es tan descocada si a ver vamos. Bueno, tal vez me tomo demasiada libertad, pero leyendo un viejo artículo de Julián Gallo para La Nación (2016), me pongo en aviso de que Bernays fue contratado, en 1929, por míster George Hill, presidente de American Tobacco Company, porque la mitad del mercado estadounidense eran mujeres y, solo un 5 por ciento fumaba en estricto secreto. Y ni pensar que lo hicieran en público siquiera.
Por esos días el psiquiatra Abraham Brill aseguró a Bernays que el cigarrillo simbolizaba el poder sexual masculino. Asumiendo esta idea, el experto relacionista concibe una magistral estratagema para que ese 45 por cierto del mercado arrebate, o comparta al menos, dicho poder: asociar el cigarrillo a los deseos de libertad de la mujer. «Coordina —escribe Gallo— a un grupo de actrices para que asistan a los multitudinarios desfiles de Pascuas, en Nueva York, enciendan cigarrillos todas al mismo tiempo y se pongan a fumar entre la gente. Además, hace correr la voz entre los periodistas de que un grupo de sufragistas (movimiento que luchaba por el voto femenino) se preparaba para protestar prendiendo sus ‘antorchas de la libertad’. La noticia de las mujeres fumando corre en el mundo. Desde entonces fumar se vuelve una declaración de rebeldía y queda asociado a la libertad y a la independencia personal».
Para 1965 ya fumaba el 33% de las norteamericanas y fueron libres de hacerlo donde les viniera en gana. Habían ganado un espacio más. Y las tabacaleras fueron felices, por supuesto. El hecho da para hablar de casi cualquier cosa. No obstante, pienso que a pesar de que “Antorchas de la libertad” fue una manifestación manipulada, una falsificación pudiéramos decir, el avance en la lucha por los derechos y libertades de la mujer frente a la discriminatoria cultura machista fue real. Anoto esto último y me siento en camisa de once varas, moralmente reprobado. Y recuerdo la lección de uno de mis maestros de historia: «lo moral no sirve al pensamiento político». Pero a la vez, y por alguna asociación paranoica, pienso en la resistencia de los jóvenes venezolanos a la dictadura de Nicolás Maduro y, me pregunto si estos muchachos tienen una clara idea de los significados de libertad, democracia y ciudadanía que los impulsa. Por lo que he observado en el aula, creo que no. Esto lleva a otra pregunta inevitable: ¿luchan, entonces, por intuición o manipulados? Aquí saltamos al pragmatismo de las “Antorchas por la libertad”. Y ante la ruptura el orden constitucional, la extorción y el terrorismo aplicado por el régimen a quienes les adversan, del evidente pacto con delincuentes comunes para que azoten las zonas en protestas, además de la ya inocultable emergencia humanitaria (90 por ciento del país empobrecido), hacen del accionar contra el régimen una cuestión de sobrevivencia, de defensa propia. Puro instinto de conservación. Me viene aquí  una frase de Jesús Conill: «La democracia es la dimensión económica de nuestra existencia» dicha en una conferencia de la Universidad de Valencia. La idea parece resucitar cierto axioma marxista contra una revolución declarada socialista: «que los conflictos son, sobre todo, diferencias de intereses económicos», para escribirlo con palabras de Carlos Rangel. De manera que la respuesta es absolutamente contingente. Dicha tal cosa, salta otra pregunta de verdad aterradora: ¿si los precios del petróleo dieran para la expoliación continuada del régimen y para subsidiar hasta el aire que respiramos, estaría la resistencia en la calle luchando solo por principios de libertad, democracia y ciudadanía?
No pienso responder semejante interrogante. La contestación debe darla cada uno en silencio. A solas. En todo caso  y dicho a modo de sumario, estos muchachos deben empeñarse, y nosotros con ellos, en que esta posible intuición que los arrebata se convierta en certeza. Visto así, la batalla presente (y las futuras) será por principios, por ideas, y eso es lo único que podría garantizar la construcción de una sociedad auténticamente civil y democrática. Y la ciudadanía sería el corolario de una libertad plena y consciente.
Siempre que escuchaba que la base de una sociedad moderna y próspera era la educación, lo tomaba como a un fastidioso lugar común y hasta como un mero asunto de escolaridad. Hoy he entendido, en carne propia, que es una verdad aplastante y una condición sine qua non de la vida republicana.


@EldoctorNo

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