domingo, 11 de junio de 2017

El secreto del futuro nuestro

No estamos ante un gobierno de izquierda. Ni siquiera puede tenerse, lo que nos pasa, por el colmo de un capitalismo de estado fracasado. Estamos, ¿quién lo duda a estas alturas?, a merced de un montón de matones que han secuestrado las instituciones del país. Malandraje empoderado. No obstante, es curioso y de lamentar, como el discurso evasivo de la hamponatocracia “oficialista” para aceptar la responsabilidad de esta insufrible desgracia, parece tener todavía cierto eco en un minoritario sector de la población y, no sabemos con certeza, si entre quienes le adversan habrá quien todavía otorgue el beneficio de la duda en alguna que otra cosa.
Esta extraña posibilidad podría entenderse con aquella vieja categoría del tercermundismo a la que Carlos Rangel dedicó bastante tinta en su momento, pero que expuesta en el contexto aquel, “poco” nos dijo o nada escuchamos. Era como predicar el apocalipsis en un banquete con ríos de champán. Lo cierto es que el tercermundismo venía de la mano con otra antigualla, quizás más popular en sus días, mentada como «subdesarrollo». Y había que ver cómo gozaban los profesores de aquellos temibles Estudios Generales, en LUZ, con la fascinante palabreja. En todo caso, ambas, nos remiten a la pobreza y al atraso como condición. Y lo raro, lo real maravilloso, es que para superar esta clasificación de tercermundista, bastaba con afiliarse al todopoderoso Club de la URSS. Entonces el mundo era algo más sencillo de sobrellevar y pensar. Los buenos soñaban con el Este y los malos con el Oeste: éramos pobres porque los gringos nos quitaban todo. Pero sí el tercermundismo ha perdido cancha, su “uso” práctico sigue gozando de buena salud en este régimen de malhechores disfrazados de marxistas. Uno ve bien, en la obra de Carlos Rangel, que el tercermundismo siempre estará entre nosotros porque conviene a ciertos especímenes de “gobernantes” pues, ¡cómo no!, los exime de responsabilidades, les permite endosar las culpas de «todos sus errores» al imperio. El gran enemigo del pueblo. De manera que el atraso, la pobreza, la escasez, la corrupción, la represión, la inseguridad, la desigualdad, todo, absolutamente todo lo malo viene de la inhumana explotación imperial de la que somos víctimas.
El tercermundismo es también, en consecuencia, un mecanismo de alienación, digamos así para pagar con la misma moneda. Pero si le seguimos la idea, por no decir el “juego”, habría que preguntarse por qué los Estados Unidos es una nación rica y poderosa desde antes de dejarse caer por estos lares y por tantos otros.
Cualquier manual de historia sirve para responder, pero el generalísimo Francisco de Miranda, el más revolucionario de todos los revolucionarios que podamos conocer, que sobrevivió a los cañones ingleses, a la guillotina francesa, pero no a la traición de Bolívar, se maravilló de la grandeza y la libertad alcanzada por los Estados Unidos. Y lo anotó en su diario. Miranda no es cualquier observador, debemos añadir y subrayar. Es un hombre curtido en política, en batallas, y poseedor de una gran cultura. Su biblioteca era, para él, un patrimonio inestimable. No por nada, Andrés Bello y Juan Germán Roscio, por decir dos nombres, pasaron largas temporadas removiendo aquellos libros suyos y fastidiándole la rutina de lector voraz. Empero al generalísimo no solo le asombraba el bienestar alcanzado y que a sus ojos estaba, sino también la vida política de una nación que era, en ese momento, muy joven. Miranda quiere entender el porqué, y en cierta forma deja ver que, una buena explicación, estaría en atisbar cómo los estadounidenses convirtieron la ley en el centro de su organización social: «prevalece desde el comienzo la convicción de que el imperio de la ley es en sí mismo una conquista tan fundamental contra la tendencia arbitraria latente en todos los gobiernos, que más vale soportar una ley deficiente… hasta poderla modificar mediante un procedimiento regular, que admitir (y mucho menos solicitar) su enmienda o abolición por un acto de fuerza, sea autocrático o revolucionario». A esta exégesis suya añade Carlos Rangel aquella conocida idea de Locke: donde termina la ley arranca la tiranía.
De vuelta a New York, cuenta Miranda, se entera de una anécdota extraordinaria: cerca de Kings Ferry, un general y su batallón ocuparon un terreno privado. El propietario, un paisano sin muchas luces, exigió el pago de “15 pesos” por la permanencia. El general se negó. El paisano fue por el Sheriff, otro paisano más, sin armas ni nada y se llevó preso al general. Ni su tropa se movió a impedirlo, ni el general se puso belicoso. Luego accedió a pagar lo adeudado. A Miranda esta historia le entusiasmó. Allí estaba el secreto de todo lo que observaba en derredor. Y digo yo, guardando la distancia y lo que se quiera, que el hecho muy local y lacustre de haber “borrado” el nombre de la avenida Fuerzas Armadas y rebautizarla “Paúl René Moreno Camacho”, en honor a un joven que estas mismas y estrafalarias FAN debieron proteger, en la nefasta coyuntura que atravesamos, puede ser en sí mismo un signo alentador del futuro que estamos construyendo. Sería una forma de apropiarnos de ese “secreto”. De esa sustancia. Al menos eso quiero creer.
@EldoctorNo

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