domingo, 28 de octubre de 2018

Una muerta maravillosa



                               Ilustración de Enrique Bravo




Para
Violeta Rojo


Lunes
El deber de toda madre es morir. La mía murió hoy. En vez de llorar, me siento como un Meursault caribeño. Ni siquiera sé si podré enterrarla. Es una tragedia no tener para un funeral decoroso. Como diría la señora Yourcenar: Más no se puede ante esta cosa terrible. En fin…
Me enteré por un mensaje de texto cuando salí de la piscina del viejo club de profesores. Es lo que hago en esos lunes en que no va nadie: floto boca arriba, con los oídos dentro del agua y cierro los ojos. Puedo llegar a lo más recóndito de mi cerebro. Soy capaz de recordar días enteros de mi infancia. O pensar con claridad, que ya es bastante. El agua ofrece una lucidez que deja exhausto. Luego voy a las duchas y ya de camino a la parada del bus miro el celular. Entonces vi el mensaje de Rufino: «Tu mamá ha muerto». Rufino es un tipo de setenta y pico que siempre pretendió a mi madre. Me le opuse, en un principio, porque creí que buscaba una sirvienta y no otra cosa, pero Majo, así llamaba yo a mi madre, dijo que no importaba lo que él quisiera con tal de que pasara el día en casa. Ya eso era más de lo que podía ofrecer yo, que vivía metido en el cubículo de la facultad haciendo nada, es decir, intentando escribir una novela (o lo que fuera) que sirviera para algo, si es que eso tuviera alguna posibilidad. Hasta que un día pensé: quién quita y este viejo la aprecie un poco siquiera. Semejante pensamiento me asaltó una vez que estaba yo viendo Wallander, y él me dice con su natural desfachatez: «Buena serie. Mi capítulo preferido es cuando el coronel Murnieks le dice a Kurt: ¡las viudas son tan hermosas!» y se queda mirando a Majo con cara de idiota felicidad. Por supuesto que no dije nada. Si era honesto, ya no me concernía, pero desde ese día bajé la guardia y lo dejé ir y venir por la casa como a uno más, aunque siempre supe que Rufino no tenía dónde caerse muerto. A veces hablaba de un sobrino que le quedaba por ahí. Y la pensión del Seguro Social apenas le daba para comer dos o tres días del mes. El resto corría por mi cuenta.

En el bus pensé en mi madre muerta. Era un auténtico disgusto, concluí. Cerré los ojos y recosté la cabeza contra el vidrio de la ventanilla. Recordé una rara historia que cuenta Richard Ford de una profesora, Sandra McCurdy, a la que se acercó uno de sus alumnos y le preguntó: «¿Preparada para reunirte con tu Creador?, a lo que ella dijo: «Sí. Creo que sí». Dicho esto, recibió un tiro en el corazón. Imagino que la muerte le habrá preguntado a mi madre lo mismo, y ante una respuesta similar, en vez de un tiro, le dio un infarto. Nadie me lo ha dicho, pero sé que fue un infarto. Ella se lo estuvo esperando todo el tiempo. Y después de la muerte de su médico, el doctor Socorro, ya no quiso verse con otro. Se puso en cola, como dicen.
En casa encontré a Rufino, sentado al lado del cadáver de Majo. El pobre tenía los ojos hinchados de tanto llorar: «¿Qué hacemos?», preguntó enjugándose las lágrimas al verme. Y añadió: «¿La universidad no cubre estos asuntos?» Le dije que no lo sabía. Desde que la revolución nos quitó el seguro, yo había perdido la pista de todas esas cosas y no iba a ponerme ahora a buscar nada ni a molestar a nadie. Rufino me dejó a solas con mi madre y se marchó a no sé dónde. A su casa, supongo.

Martes
Averigüé el precio de los ataúdes y en la mañana fui a la Previsión Social de la facultad. A bulto, lo que entendí, es que mis ahorros no daban para un cajón de ningún precio. Todos estaban por las nubes. Lo único a favor era que poseía una parcela en el parque memorial El Edén, y como jamás la había usado, tenía que pagar los gastos administrativos para que habilitaran la fosa. El problema era que mi cuenta estaba en rojo por decirlo así; de lo contrario, mi madre, Rufino y yo habríamos muerto de hambre hace tiempo. Pensé en el dicho de la señora Yourcenar delante de la empleada zombi que me atendió, y quise reír, y si no lo hice, ya ni recuerdo el porqué. Luego, llamé a un colega del departamento de literatura que tenía cierta experiencia en esto de enterrar “padres”. Me dio la dirección de un tal Elías Angulo, que fabricaba urnas de cartón. Cogí el bus frente a la facultad y bajé en Curva de Molina. Aquello estaba hecho un hervidero de gentes y vendedores ambulantes. El sitio es una casa de techo de tejas y paredes derruidas con un cartel discreto y sucio: La urna del pueblo. Angulo es igualito a Toni Erdmann. Sus bromas molestan igual y yo río por cortesía, a ver si así consigo una oferta razonable. La caja más barata vale lo que gano en un mes, con el riesgo de que a mi vuelta esté más cara. No hay más opciones. Regreso a la Previsión Social y adelanto un sueldo completo que es todo lo que permiten. El problema es que el depósito tardará una semana. En el retorno de la ruta del bus, decido quedarme en el semáforo de la 5 con Circunvalación 2 y caminar hasta la fuente de soda de la urbanización Irama.
Pido café. Siento el cuerpo como si hubiera pasado el puente sobre el lago a trote. El café es casi tan bueno como el agua para pensar. Pienso. Pienso. Pienso. Sigo pensando. No queda casi nadie que vaya a tomar café en estos tiempos. ¡Con los precios, no digo! La fuente de soda sigue en los 60 con su decorado, sus mesoneros moribundos.  La ventaja de acá es que puedo pedir todo el café que quiera; corre a cuenta de la propietaria desde que hice que el local saliera en una película con Miguelángel Landa.
Rubén, un mesonero desdentado y cansado, llega con el café. Dice: «Rufino estuvo temprano y nos contó que había muerto tu pobre madre». Me quedé mirándolo sin responder nada. Y agregó, incómodo: «Sentido pésame». Se alejó entre arrepentido y disgustado. Uno dice «sentido pésame» por la fuerza de la costumbre, y por la fuerza de la costumbre uno ni oye. Pero en ese justo momento en que Rubén dijo «tu pobre madre», caí en la cuenta de que Majo se estaba pudriendo en su cuarto. Y la cuestión pintaba para largo. Pronto tendría un problema adicional y puede que más grave. Me decidí por otro café. Rubén pensaría, digo para mis adentros, que el luto me había dado una baja de cafeína. Por algo el café y los velorios nacieron juntos. Me daban ganas de reír a carcajadas. Preferí no hacerlo. Los mesoneros podrían haberme echado una ojeada de puro desprecio y tasarme de mal hijo. No es que me importe, solo cuido que no tiren alguna porquería en mi café un día de estos. Lo que no sabe Rubén es que este último era, también, mi almuerzo.
Salí a una ferretería por un poco de cal. No serviría de mucho: apenas ganaría unas horas.  

Ya el cuarto empezaba a oler raro. Parecía un depósito de cadáveres. Fue entonces, en una especie de eureka, cuando me acordé del doctor Fernando Guzmán Toro. Yo le había ayudado a corregir un libro suyo de ética. La pasamos bien por aquellos días. Por suerte, para mí, estaba a cargo de la morgue de la universidad. Lo llamé de inmediato y hablé sin rodeos: «Fernando, mi madre lleva dos días de muerta, y no podré enterrarla hasta el viernes, o lunes, quizás». Fernando se oyó contrariado. No podía ocultar la indignación que esto le producía. De entrada creyó que estaba pidiéndole dinero. Aclaré rápido que jamás haría semejante cosa. Yo sabía de sobra que su situación no era muy distinta de la mía. Le dije a bocajarro: «Necesito que la guardes unos días». Del otro lado hubo un largo silencio. Tuve la sospecha de que Fernando se reía con una mezcla de nervios y alivio. Cogió aire para calmar la agitación que le provoqué y respondió sin titubeos: «Llévala a la medianoche. Llama, de camino, para esperarte afuera».
Rufino llegó para la cena. Solo había una mano de pan dulce azucarado. Comimos una pieza cada quien y agua. «¿Cómo está tu pobre madre?», preguntó él, como si estuviera enferma y no muerta. Lo miré sin responder. No sostuvo la mirada. Hizo una mueca de disculpa. Después comenté el asunto pendiente y se ofreció resuelto: «La podemos llevar en mi carro». Sonreí desconfiado: «¿Lo arreglaste?» «No. Solo hay que tenerle paciencia. Salimos una hora antes y estamos a tiempo».

Rufino metió el carro al garaje. Envolvimos a Majo en varias sábanas y la pusimos en el puesto de atrás. Tuve que empujarlo porque no cogía retroceso. Quedé resollando. Subí adelante. Rufino me puso la mano en el hombro y habló como un padre: «Recuéstate tranquilo que yo voy llevando la cosa». El carro temblaba como si el sistema eléctrico estuviera echando chispas. Y a la cuadra se apagó. Rufino cerró el suiche y respiró. Lo abrió. Esperó a que subiera la aguja de la gasolina y arrancamos de nuevo. Esta vez rodó dos cuadras más y volvió apagarse. Rufino hacía lo mismo cada vez. El carro tampoco pasaba de primera. Sin que yo preguntara nada, explicó que la falla se debía a que el motor había acumulado demasiado carbón y rectificar aquello costaba una fortuna. El bamboleo era por los cauchos que iban ya sin banda de rodamiento y abombados por todas partes. Además, la caja estaba vuelta trizas. Pero sin cobres, había que tener aguante. Igual se llegaba a dónde fuera, dijo y trataba de reír. Tenía razón. Entre apagones y trompicones estuvimos, al fin, en la morgue. Fernando estaba fuera y nos hizo señas para que guardáramos el carro en retroceso. Él mismo tuvo que ayudar a empujarlo. Sacamos a Majo y dijo que la pusiéramos en una camilla, de acero inoxidable, que había dispuesto en el garaje de la furgoneta forense. Él la guió por las manijas y dijo que lo siguiéramos. Iba con la intención de meterla a la cámara de refrigeración. Cuando quitábamos las sábanas y vio el reguero de cal, se quedó pasmado. Me observó unos segundos. Resignado, dijo que la lleváramos a la mesa de lavado. Hubo que desnudarla y Rufino se puso furioso, gritó que no teníamos derecho a verla así. Fernando estaba como ido y no prestó atención al asunto. La lavó con cuidado. Imagino que a ella le daría una vergüenza terrible si viera esto. Buscó un cepillo y la peinó. Pensé en todos los muertos que habría peinado con eso. La devolvimos a la camilla y fuimos hasta la cámara de refrigeración. Fernando abrió uno de los compartimientos, jaló la plancha de metal y pusimos a mi pobre madre, que ya no tenía muy buen aspecto. La cerró con un movimiento que se notaba mecanizado. Nos miró y dijo: «¿Listo!» Y agregó dirigiéndose a mí: «¿Ya hiciste el papeleo?» «No, Fernando, no he hecho nada». «Yo lo hago con fecha del lunes, no te preocupes. Resuelve lo del entierro». Entonces Rufino se acercó a Fernando y le habló señalándolo con el índice: «Cuidadito con hacerle la autopsia. Ella fue tajante con eso: no dejes que me saquen nada, sino cuando resucite no voy a estar completa, me insistió, ¿entiende, doctor?» «No se preocupe, nadie la va a tocar», respondió Fernando con ganas de reír. Quizás le pareció inadecuado. Yo también me acerqué y pregunté con toda la naturalidad que pude: «¿Puedo venir a velarla un rato cuando hagas la guardia?» Fernando se parece mucho al mudo del Zorro. Puso los ojos redondísimos y boca de pico. Dijo, otra vez resignado, que pasadas las nueve estaría bien. Este mes trabajaba de noche.

Miércoles
Fue un alivio dejar a Majo bien refrigerada. Llegamos a casa a las tres y tanto de la mañana. Rufino metió el carro al garaje con la intención de olvidarlo el tiempo que fuera, como si hubiera hecho su último viaje. Sacó antes de la guantera un paquete de café Imperial y lo miramos como a la serpiente de bronce de Moisés. Coló un poco y sirvió las tazas. Prendí una varillita de incienso para espantar el olor a muerto. Y me senté con él. Lo que dijo mientras soplaba su taza me sorprendió mucho: «Vende ese carro, paga el entierro y, si algo queda, compra comida y una botella de whisky». Yo asentí con la cabeza sin decir nada. No sabía qué decir. Tuve la certeza de que Rufino pensaba en Majo más de lo que imaginé. Nos invadió su ausencia. Una ausencia que destruyó el equilibrio del cosmos que habitábamos. No digo que nos echáramos a llorar, sino que nuestras rutinas habían trastabillado. Nada volvería a su lugar. Había que reacomodar todo. Lo que sí me pareció es que, no importaba de qué manera se reorganizara este caos, Rufino seguiría en casa. Al principio la idea me ofuscó, luego traté de pensar en alguna ventaja que esto significara, aunque no se me ocurrió ninguna. Acaso solo acabe siendo una especie de conexión con mi madre. Ya estaba muy cansado para mortificarme. Cerré los ojos y probé mi café. Sentí que revivía un poco. Imaginé a Majo deambular por la casa. Hurgando en la nevera a ver qué nos hacía de comer. Estaba muy delgada últimamente. Comía menos para darnos más. Pensaría que no me daba cuenta. Y si teníamos que irnos a la cama sin cena, decía que se estaban cumpliendo las profecías del Apocalipsis. Para ella todos los problemas señalaban a Patmos. El hambre era uno de los tantos.
Sacarse un muerto de encima es imposible. John Banville dijo que lo llevamos con nosotros hasta que también morimos; entonces es a uno a quien llevan. Más tarde nuestros portadores caen y otros cargan con ellos y con nosotros. Así hasta el fin de los tiempos. Esto pasa desde que el mundo es mundo. No es algo que importe mucho, tampoco. Al cabo, lo hacemos sin prestar atención, como tantas cosas. Hablar de esto da pereza. Uno preferiría no hacerlo. Victoria de Stefano dice que no hay que hacer nada, que los muertos existen en nuestro recuerdo por sí mismos y a nuestro pesar. Que hay cosas que hacemos o dejamos de hacer, que pensamos de tal o cual forma, porque los muertos nos guían sin que nos demos cuenta. Y no solo nuestros muertos, sino un montón de muertos que ni conocimos siquiera. Nuestra memoria es la suma de todos los muertos.
«Voy a limpiar el cuarto de tu pobre madre y creo que dormiré hasta bien tarde», me notificó Rufino con su acostumbrado descaro, dándole una vuelta de tuerca a nuestra relación. Ni hablé ni sonreí. Asumió mi mudez como un gesto aprobatorio y volvió a ponerme la mano en el hombro como si fuera su hijo, o algo por el estilo. Me tenía sin cuidado lo que estuviera pensando o creyéndose. Dejó su taza en el lavaplatos.
Salí al patio y llené dos baldes de agua para darme un baño. Y antes de ir a la facultad, revisé en internet los precios de carros, como el de Rufino, para tener una idea. Cogí el bus de Las Delicias y llegué a Panorama a ponerlo en venta en los clasificados. Di mi correo electrónico. Detesto que me llamen al celular. Solo resta esperar. Pobre del que lo compre, pienso. Pero en revolución estas cosas no tienen ninguna importancia: vamos todos contra todos sin compadecernos de nadie. En seguida tomé la Ruta 2 hasta Maicaíto y entré a la facultad, mareado de tanto monóxido.
La decana me pilló en la escalera del bloque administrativo y corrió a darme el pésame. Tuve que soportar un abrazo un poco largo. Creo que es de esas personas que no valoran las frases hechas, así que al «sentido pésame» decidió añadir cierta ratificación: «De verdad, profesor, lamento que haya perdido a su pobre madre». Y dijo, de seguidas, que tenía derecho a una semana libre por duelo, que mis alumnos serían notificados. Le dije que no era necesario. Nada podía hacer por apurar las cosas. Ni el depósito de la Previsión Social se haría efectivo aún, ni la venta del carro tenía miras de concretarse por lo pronto. «En casa me aburriría a muerte», confesé. La decana, que es una mujer doble, morena, me echó una dramática mirada de desprecio y me aleccionó: «Madre solo hay una, profesor, y se le llora todos los días cuando ya no está». Añadió que bien podía yo hacer lo que quisiera y entró a su despacho sin decir adiós. Continué hasta mi cubículo y cerré con llave. El escritorio está de frente a la ventana. Tiene una amplia vista a un raro jardín de altos eucaliptos. Me parece que nunca lo había mirado como ahora. Es algo misterioso. En vez de koalas, pululan repugnantes iguanas de ojos amarillos. Miles. Caminan unas sobre las otras. Mastican hojas todo el tiempo. Bajo la persiana. Vuelvo a sentirme como un Meursault caribeño. En las ficciones siempre hay alguien que se nos parece. Tomé del estante la novela de Camus, El extranjero. Empecé a leerla de nuevo. Hacia la mitad, afirma Meursault: «Yo había dado pruebas de insensibilidad el día del entierro de mamá». Unas líneas más abajo confiesa: «Sin duda quería mucho a mamá, pero eso no quería decir nada. Todos los seres normales habían deseado más o menos la muerte de aquellos a quienes amaban». Cierro el libro y pienso si yo alguna vez había deseado la muerte de Majo. Recuerdo haberlo hecho de niño, solo por vengarme de algunos correazos. No sé si eso contará. Guardé la novela. Sin venir a cuento, y sin tener en claro el porqué, se me ocurrió que la secretaria de mi departamento, Yulibeth, una rubia muy linda de la que admiro más su radical pereza y astucia, podría encargarse de llevar a feliz término la venta del carro de Rufino. Le expliqué las fallas mecánicas y resultó saber mucho de esos problemas. Le di mi clave del correo y quedamos en que se encargaría de todo a cambio de una generosa propina. Me advirtió que iba a recalcular el precio por los detalles que le había enumerado; de todas formas sería un buen dinero extra, dijo.
Decidí ahorrarme el pasaje. Hacía fresco y poco sol. Perfecto para caminar. De cualquier modo, el trayecto a la fuente de soda era largo. Llegué empapado. Me acicalé en el baño y salí a la mesa veintitrés. En todo el tiempo que estuve pedí dos con leche grandes. Entretanto leí el Panorama que tenía de una semana atrás. Voy con suerte, dos cafés por cena. Pensé en Rufino con cierto remordimiento. Pasado un rato, cogí un Por Puesto en la calle 10 hasta la intersección con la 67, allí subí al bus de la Ruta 6 que me dejó a unos pocos metros de la morgue. Miré la hora en el celular y todavía faltaba un cuarto para las nueve. Pienso en matar esos minutos parado frente a la emergencia del hospital universitario. Las cosas que se ven ahí parece que salieran de una ciudad subterránea. O de otra dimensión. Pensé, de repente, que yo también pertenecía a esas catacumbas. Era una cosa a la que no podía acostumbrarme. De lejos, vi gente desahuciada, macilenta que, como diría el Cardenal Caltanissetta, caminaba encorvada tal si llevara el peso de Dios encima. Y yo andaba igual que ellos. Cuando se llega a este límite, digo de malhumor, se está al borde de volverse criminal o pordiosero. Recuerdo lo extraño que me sentí cuando vi la película de Richard Gere, Time out of Mind, en la que un hombre normal se hace indigente. Tengo ya una temporada con este asunto en la cabeza. El señor Gere cuenta que se disfrazó de mendigo y caminó por New York sin que nadie lo reconociera. Supongo que fue parte de la preparación del personaje y algo de publicidad. No olvido una de sus tantas declaraciones: «Me he metido en la piel de alguien que es invisible. Peor, de alguien que es tóxico». Nunca supe cómo interpretar esto de ser tóxico. Una colega me dijo que las cifras de pobreza están llegando a noventa por cien. Uno lo oye, o lo lee, y entiende que es alarmante pero, ¿cómo se traduce eso en la cotidianidad, en la percepción de la realidad de una persona cualquiera que esté, o no, dentro de esos números? Cuando me dijo esto, pensé en la palabra tóxico de Gere. Y me hice una explicación: la pobreza es una enfermedad. Y la prensa no dice que estemos enfermos de pobreza. La limita a una cuestión numérica. Lo que nos pasa es tan malo que los números no bastan. Nisbet llevó siempre razón al decir que para entendernos solo nos queda la metáfora. Lo que sucede en la puerta del hospital es un caos que se transforma en números, y cada número es un drama, un apocalipsis como diría mi pobre Majo. Miro el celular y es hora. Comienzo a moverme hacia la morgue. Pensar que voy a verla me pone tenso. No es que me importe demasiado, pero muerto es muerto y uno siente un susto en el estómago que molesta.
En la sala donde está la cámara de refrigeración no había nadie. Fernando me hizo pasar ante la extrañeza de sus dos asistentes. «No te preocupes, son pasantes», dijo como pensando en otra cosa. Y añadió: «¿Seguro que quieres hacer esto?» «Ya estoy aquí», respondí con un gesto impreciso —creo que levanté las cejas y apreté la boca—. Él sonrió con la mirada perdida como si continuara pensando en esa otra cosa. «¡Okey!», dijo, ausente. Puso una silla plegable al lado del compartimento de Majo y abrió la compuerta. Jaló la plancha. Los rodillos rechinaron. Miró a Majo con experticia forense. Pareció satisfecho del estado de conservación. Me dijo que cuando quisiera salir le pasara un mensaje de texto para abrir, porque iba a dejar cerrado con llave. De todas formas, añadió, no podía estar más de una hora.
«No te veo muy bien, Majo», fue lo primero que dije. Ella se echó a reír. Replicó, con ironía, que a los muertos se les respeta. Preguntó por Rufino como quien no quiere. Le dije que debía estarse despertando. Sonrió con tristeza. Le entró una melancolía radical. Se levantó de la plancha, de acero inoxidable, y dio un par de vueltas por la sala. Caminaba igual que cuando viva. Estar allí quieta le entumecía el cuerpo. Y en las piernas, dijo a la tercera vuelta, «mantengo un desconsuelo tremendo». Se detuvo frente a mí. Puso los brazos en jarra y agregó, burlándose, con expresión severa: «Yo sabía que hasta después de muerta me ibas a salir». «No seas malagradecida, que vine a velarte un rato. Estás aquí por problemas de liquidez. Al menos tienes alguien que lidie con tus huesos». «Déjame dar unas vueltas más antes de que me regreses al freezer». Mientras se ejercitaba le narré cómo había llegado a ese lugar. Le hizo mucha gracia imaginarse de polizona. El buen humor no le duró nada. De pronto, paró reflexiva y preguntó horrorizada: «¿Sabes lo que me harían los estudiantes de medicina si me encuentran?» Se pasó las manos por todo el cuerpo, imaginando que la trozaban en una clase de picar viejas sin dolientes. «¡No podría resucitar con mis partes regadas por ahí!» Casi llora. Dijo que este purgatorio, bajo cero, no le convenía, que le buscara otro sitio. «¿Sabes lo que es prepararse toda una vida para ganarte el cielo y que vengan unos estudiantes malnacidos a desgraciarte la eternidad?» Me quedé mirándola y no pude evitar reír a carcajadas. Me sentí tan villano como el Doctor Zero de Fantasmagórico. Majo miró con el ceño fruncido y preguntó dónde estaba lo gracioso. Le respondí con cara de Doctor Zero: «Pues ahora sabes qué se siente cuando tú has cumplido tu parte para que te vaya bien en la vida y la revolución te la jode». Majo miró con piedad y lamentó que siguiera tan burro como de costumbre. «¿Hasta cuándo voy a explicarte que no puedes hacer nada? Las profecías son las profecías y los designios de Dios son inalterables, hijo». Yo no le riposté como debía por considerar que estaba muerta, pero tuve que tragar grueso, porque hasta muerta es insoportable. Lo raro fue que no continuara insistiendo en convencerme. No tolera que la contradigan. Que alguien no dé crédito a su exegesis es inaceptable. Sin embargo, no dijo nada más para ganar aquella discusión. Solo añadió una simple solicitud: «Si vienes mañana, hijo, tráeme un par de medias. En esta nevera hace un frío que mata». Dijo, además, que estaba cansada. Le daba un gran contentamiento que viniera a verla aunque no fuera por mucho tiempo. La muerte nos deja sin tiempo, pensé, pero no dije nada. Solo pedí la bendición por la pura fuerza de la costumbre. Por nada más.
Fernando abrió la puerta apenas vio mi mensaje de texto. Seguía con cara de estar pensando quién sabe qué. Me acompañó a la salida. Le vi los ojos tan perdidos que no aguanté más: «¿Qué te pasa, Fernando?» Él reaccionó como si le hubiera dado un pellizco, pidió disculpas por su extravío, y dijo que estaba así porque en la mañana había despedido a su hijo. Salió a Chile a presentar el Eunacom y a ejercer su carrera de médico bien lejos. Si no tenía suerte, pasaría a Uruguay o Argentina, pero no volvería nunca más.
«Este país se jodió», dijo con nostalgia. Me dio la mano y desapareció. Yo me quedé pensando en lo que dijo: «Este país se jodió». Y me fui.

Jueves
La mañana del jueves fue memorable: abrí un blog que llamé Diario Portátil. Y pasé tres horas tratando de escribir algo que nunca escribí. Musil dijo que en la literatura solo queda espacio para los dietarios. Y yo, tratando de seguir ese consejo, acabé aumentando mis niveles de frustración. En fin. Hago café y le sirvo a Rufino. Lo bebe de golpe, sin detenerse en lo caliente. Me dice que tiene hambre, que intente traer algo para la cena. Yo asiento con la cabeza y supongo que tendré que endeudarme, con Hilda, en la panadería. Salgo a tomar el bus. Voy pensando en la conversación de anoche con Majo. Y de pronto me veo como Stellan Skarsgård, que interpreta a John River, un detective inspector que habla con los muertos de los casos que investiga. Y a Majo, ahora que lo pienso, le asigno el papel de Nicola Walker, “Stevie”, su difunta compañera que se le aparece al estresado River, a cualquier hora y en cualquier sitio, sin importar en qué esté ocupado.
En la facultad consigo el auditorio atiborrado de profesores, representantes estudiantiles y al mismísimo rector, pálido y ojeroso, dando malas noticias: «la revolución nos había dejado sin presupuesto y, a la vuelta de unas pocas semanas, estaremos paralizados». El ministro de educación dijo que la universidad no entraba ya en los planes de la patria. Y ninguno de nosotros. Además, la matrícula era tan baja que no justificaba el mantenimiento del campus ni de la plantilla de docentes. Todo tenía su fin y este era el nuestro, por supuesto. La prioridad es la felicidad del pueblo. A mí la perspectiva de no tener dinero me daba casi lo mismo. De hecho, estadísticamente tenía un empleo, pero en el supermercado parecía que no. Lo cierto fue que todos salieron alarmados. La decana estaba llorando. Se dio cuenta de que la miraba y corrió a su despacho. Entré a mi clase de esa hora. Pregunté a los muchachos si sabían lo que pasaba. Respondieron que sí. Tenían cara de fastidio. Un obrero entró con la carpeta de asistencia para que firmara y me dejó su ejemplar de Panorama. Yo me puse a leer en vez de atender al grupo. Daba igual. Ya había hojeado el periódico dos veces. Uno de los alumnos preguntó si pensaba decir algo. Dije que en un rato dictaría una pregunta como tarea y que sería la única nota. Cumplido esto, solo quedaría un piadoso recuperativo. «Deben responder en dos cuartillas y entregarlas a la secretaria del departamento. Ahora déjenme pensar». Empecé a leer el periódico por tercera vez. Pasaron unos diez minutos desde el final de la hora de clase cuando por fin hice la condenada pregunta: «¿En qué momento se había jodido el Perú?» Una niña fea levantó la mano con cierto temor: «¿Es todo? ¿Podemos irnos?» Fui yo el que puso los pies en polvorosa, como dicen, y me encerré en el cubículo. Prendí la computadora y hasta me alegré con la revolución de que todavía hubiera internet. Abrí el blog por si acaso se me ocurría algún tema. Saqué del estante la novela Michel Houellebecq, Sumisión que, literalmente, me hizo temblar la vez que la leí. Pensé que contar esto de los temblores, por una novela, sería una buena entrada para inaugurar mi Diario portátil. Al final me dio pereza. Desistir de la idea fue un gran alivio. Medité en el parecido de lo que nos pasaba con el personaje de Houellebecq, François, un profesor de literatura de la Universidad de París III, que debe convertirse al islam para no perder su cátedra, a raíz de que un político carismático de la Fraternidad Musulmana gana las elecciones presidenciales en la Francia de 2022. Recuerdo que una vez, hace ya bastante tiempo, un colega me señaló que yo encontraba siempre la situación que vivía en alguna novela, que contrastaba el hecho en cuestión contra el hecho de ficción, que era mi manera de hacer hermenéutica. Y hasta le puso nombre a mi rareza: prejuicio literario, dijo muerto de risa. No me desagrada que mi experiencia sea pura ficción, me tiene sin cuidado. Y a decir verdad, me parece que lo mismo da a la hora de uno pensar en algún asunto.

Estuve leyendo a Huysmans hasta bien entrada la tarde. Me quedé dormido. Salté de la silla cuando tocaron la puerta. Yulibeth me habría llamado por la línea interna. Debe ser algún estudiante, pensé con fastidio antes de abrir. «¿Cómo está, profesor?, disculpe que lo moleste, quería preguntarle sobre el trabajo», dijo escrutándome. Yo tenía los ojos rojos y la cara hinchada. Y la migraña a millón. Lo hice pasar de todas maneras. Giré mi silla hacia él. Sonó el celular y respondí: «Déjame ver qué consigo», le dije a Rufino, que procuraba recordarme su hambre. Me recosté a la silla y eché la cabeza hacia atrás para aflojar el cuello. «¿Se siente mal, profe?», preguntó el estudiante, simulando cierta preocupación. «Nomás la molestia de ver dónde encuentro comida», dije, sin caer en la cuenta de lo plañidera que se oía mi respuesta. El muchacho quedó pensativo. Titubeó un segundo. Habló enseguida con tranquilidad: «Puedo conseguirle un poco de arroz chino».  «¿Cuánto cuesta?» «Nada, profe, mi mamá es cocinera de un restorán en Indio Mara. Primero debo advertirle que son las sobras de los clientes». Entonces sí que calló a esperar mi reacción. Yo, la verdad, quedé sorprendido y antes de decir nada, retomó la palabra: «No es tan malo como suena, profe. Por lo regular, los chinos sirven mucho arroz y la gente siempre deja un montón. Y en la cocina se lo reparten. Lo único feo es que lo llevo en bolsas plásticas y no en bandejitas», dijo con ganas de reír.
«Extraña forma de ganarte puntos extras», respondí, tratando de seguir su sentido del humor.
Cerré el cubículo y embarcamos en el bus de 5 de Julio. Bajamos en Indio Mara. Ya en el chino entramos por la cocina. Me presentó a su mamá, una morena bastante atractiva pese a la mala vida. Metió dos bolsas de arroz en su morral y salimos a la calle. Pensé que íbamos a tomar la ruta a la inversa, pero dijo que pasáramos por una parrillera en la cuadra siguiente. Hizo una llamada y salió un hombre alto y grueso con una bolsa repleta de sobras de carne. Saludó al muchacho con afecto y preguntó por un tal Maradona. Supuse que hablaban de un perro. Me dijo que ese hombre le regaló un pastor alemán y siempre le daba pellejos y huesos para que lo mantuviera gordo y contento. La sorpresa vino cuando este señor se despidió y, Ronald, así se llamaba mi alumno, Ronald Movilla, me hizo señas para que nos acercáramos al conteiner de la basura. Guardó la bolsa de la parrillera en el morral y dijo que se lo aguantara. Entonces saltó dentro del contenedor. Sacó una bolsa nueva de su jean y fue escogiendo, con cuidado, los pedazos de verduras y vegetales que encontró. Yo no me atreví a decir nada cuando anduvimos de vuelta. Tomamos el bus de la circunvalación 2. No iba mucha gente. Ronald me dio una bolsa del chino y preguntó si tenía perro. Me aguanté la respuesta unos segundos y dije que sí. Él sonrió como si me hubiera leído la mente. Y me dio lo de la parrillera. Yo quise negarme. Insistió: «Todavía tengo en la nevera un montón de huesos de la última vez. Figúrese que siempre termino dándole algo a los perros de por mi cuadra». Yo me sentía tremendamente confuso. No sabía si agradecer todo aquello o insultarlo. Pensé en Kafka: en vez de volverme un monstruoso insecto me había convertido en una rata ilustrada.
Mi parada venía primero. Guardé las bolsas en el maletín y dije cuando ya bajaba: «Conversación en la Catedral, Vargas Llosa. Recuerda que toda lectura siempre es contemporánea y local». Ronald hizo un like, tipo Facebook. Y yo un adiós tradicional y dubitativo. Me quedé viendo cómo se alejaba el bus. Y traté de imaginar la cara de Rufino con esta cena china que llevaba.
Puse más arroz para él. Yo miraba mi plato y lo revolvía con desgano. Hacía que expurgaba los cebollines. Pensaba en el chino, en la parrillera y en el conteiner. Las imágenes se repetían una tras otra, parecían moverse en un carrusel Kodak. También veía a la gente que se había llevado los tenedores a la boca con este arroz. Pero el asco no es más fuerte que el hambre.
Rufino dijo que metiera un balde de agua para lavar los platos. Dije que yo me encargaba. Quería quedar solo, en la cocina, para hacer una sopa con los recortes de la parrillera. Al menos el agua desinfectará estas sobras que rendiremos para dos días, mascullé inquieto, molesto conmigo mismo. En cierta forma, no salía del asombro de la elasticidad de mis repugnancias gustativas. Me ayudó a deshacerme del tormento que faltara poco para ir a saludar a Majo.
Esa noche caminé hasta la parada del bus en la 67. En el trayecto vi no sé a cuántos perros rompiendo bolsas de basura en busca de comida. Algunos les tiran piedras para espantarlos. Es muy feo ver el tualé sucio haciendo de matojo rodante por toda la calle. Me percato de que muchos de mis vecinos andan tan flacos como esos pobres animales. Dentro de poco habrá que arrojarles piedras a ellos. El hambre se ha vuelto epidemia. Andamos ya como los zombis que desesperan por un pedazo de carne. Como la pobrecita de Drew Barrymore, en Santa Clarita Diet, que acaba comiéndose a su compañero de trabajo. ¡Qué falta para que uno de estos días nos enteremos de algún canibalismo laboral!
En la emergencia del hospital universitario había el jaleo de todos los días. Esta vez no me detuve a mirar. Ya estaba sobre las nueve. Conseguí a Fernando fumando y aburrido en la puerta de la morgue. Tenía la mirada tan afligida como anoche. No me atreví a preguntar cómo estaba. Traté de sonreír: «¿No han matado a nadie hoy, que estás sin hacer nada?», dije a modo de saludo. Fernando se echó a reír: «Eso sería un milagro. Hay como cinco fusilados, pero no estoy de humor para destripar gente», respondió echando la última bocanada y apagando la colilla con el zapato. Agregó: «Miguel llegó con bien. Ya está instalado. En una semana presenta el examen». «Le irá de maravilla, ya verás», dije y cité a Huysmans para reconfortarlo en la idea de su hijo exiliado: «Pase lo que pase, lo correcto es largarse». «Tienes razón», dijo abriendo la puerta de la sala donde está la cámara de refrigeración. Y añadió mirando en dirección al compartimiento de Majo: «Bueno, lo demás ya sabes cómo es». Asentí con la cabeza y él cerró con llave.
Jalé la plancha de acero inoxidable y por Dios que estaba fría. La verdad que Majo está cada vez más pálida y espichada. Abrió los ojos y se echó a reír. «¿Y las medias que te pedí?», dijo a bocajarro. «Te traje dos pares». Se calzó ambas y empezó a dar vueltas para ejercitarse. Preguntó por qué había llegado pasada la hora. Yo hice una mueca de contrariedad y quedé mudo. Ella sonrió con cierta burla y dijo que parecía un personaje de Delia Fiallo. Le respondí que estaba haciendo la comida. Comentó que si era así, la cosa no andaba tan mal. Yo volví al gesto contrariado de hacia un rato y ella a la carga: «¿Qué comieron hoy?», esta vez incluyó a Rufino, tácitamente. Le dije que arroz. «¡Ah no, ustedes esperaron a que yo estirara la pata para hacer lo que les da la gana!», replicó simulando molestia. Agregó enseguida: «¿Te aumentaron el sueldo?» No pude aguantar más y le conté todo. Se llevó las manos a la cara y gritó: «¡Cuántas veces te he dicho que el arroz chino es una porquería y peor si está sopeteado!» «¡Coño, mamá, es que no ves lo que está pasando!» «Ya vas a empezar con la cantaleta de la revolución», dijo con los brazos en jarra y me dio la espalda: «No quieres aceptar que todo esto lo dice la Biblia», masculló con tristeza. La sangre me estaba hirviendo. Le dije que si no estuviera muerta, la mataba a palos. No sería el primero ni el último que mata a su madre por necia. Por supuesto que se lo dije y a ella, en vez de molestarla, le dio por reír. Le expliqué que una madre tan así vuelve loco al mejor de los hijos. La ley debería tener una consideración especial para este tipo de homicidios. Le conté, también, una película de Zoltan Paul, Amok, donde el protagonista se cansa de las necedades de su madre, compra una pistola, va al geriátrico y le pega un par de tiros. «Hoy estás de muy malas pulgas», dijo cansada de nada y de mi insolencia. Nos despedimos. Ella volvió muy callada a su compartimiento. Fernando abrió cuando vio mi mensaje. No fue un buen día, en definitiva.




Viernes
Sentí comezón en los labios y en la coronilla. Las piernas apenas obedecían. Me picaban las cejas. Las orejas. Eran signos de la tensión arterial. En esas condiciones salí de La urna del pueblo. El señor Elías Angulo dijo que todo se había incrementado en un treinta por ciento. Nada podía hacer, concluyó como si en serio le doliera mi desgracia, o solo porque observó mi palidez repentina. Deambulo y pienso: ¿Ahora qué le digo a Fernando? Lo llamé en el acto y expliqué el problema sin ocultar mi malestar. Dijo que no me estresara más de la cuenta. Mientras él estuviera a cargo, podía dejar a Majo el tiempo que hiciera falta. Que esta noche iba a plantearme un asunto que, quizás, podría interesarme. Se excusó de pronto. Los del Cicpc habían llegado «y estos tipos andan siempre como si estuvieran en el capítulo final de CSI Miami», comentó irónico antes de cortar la llamada. Al menos Fernando parecía recuperarse de su despecho. Y yo vuelvo a quedar en el limbo. Decido, en vista de que nada podía hacer, ir de paseo a la Vereda del Lago. El depósito del adelanto ya estaba hecho, pero igual seguía sin resolver el enterramiento.
Me senté en una banca de cemento techada por un gran cují. Está de frente al lago. Había brisa y poco sol. Pensé en una frase de Vila-Matas: «De mi madre siempre supe poco». Y sigo pensando que, es cierto, de las madres uno siempre sabe poco. Son como una larga historia que se corta, de súbito, cuando uno nace. Se vuelven una cosa que está allí para que uno exista. Y se les quiere y se les llora, bien lo dijo la decana aquella vez, pero siempre en función de uno. ¿Se les conoce, realmente? ¿Qué hay en la cabeza de esa mujer que vive pendiente? Imagino que Majo fue renunciando a su música, a sus películas, a sus placeres más pequeños, solo para asegurarse de que yo tuviera los míos. Y tras la muerte de mi padre, ni se diga. Y aunque sepa o sospeche de la historia de sus abandonos, no significa que la he podido conocer. Esa Majo que no es madre, se reduce a unas pocas escenas en un sanatorio de locos donde fue enfermera. Su jefe la enamoró o la conquistó. Y hasta allí llegó la joven trabajadora. En adelante solo fue ama de casa a tiempo completo y sin remuneración. Quedó embarazada. Y así entré yo al teatro de la vida. No puedo evitar reírme al pensar todo esto. Unos liceístas me miran y comentan algo entre sí. Temo que me tildarían de viejo loco. ¿Qué puede hacer uno sentado en una banca frente al lago sino pensar y hasta hablar en voz alta? Mi madre tuvo una buena vida y nos bastó con que mi padre siguiera de enfermero. Luego mi madre se hizo miembro de una iglesia pentecostal y comenzó a citar versículos para cada cosa que nos pasaba. A esta especie de prejuicio bíblico puede que deba la obsesión de buscar mi biografía en las novelas que leo: el prejuicio literario. Por ejemplo, esta mañana volví a Richard Ford y conseguí una aclaratoria a la desgracia revolucionaria: «A juicio del Dalai Lama, hablando en términos de karma tenemos exactamente lo que nos merecemos, puesto que todos somos padres de nosotros mismos y el mundo es el resultado de nuestros actos». Vuelvo a reír. Nadie me pilla esta vez. Y no sé por qué, o quizás sí, me parece la explicación más chiflada que he leído. ¿Es en serio que uno se merece esta calamidad? En fin, mi madre es una mujer contradictoria. No al estilo de Walt Whitman: lo soy y qué. Lo de ella es por completo inconsciente. Asume la obligación de salvar el mundo de la condenación eterna y, a la vez, renuncia a casi todo porque detesta las cuestiones complicadas. Procura la verdad y no quiere conocerla. Ni siquiera está dispuesta a cambiar de opinión. Huye de la posibilidad. Y aunque cueste creerlo, he intentado mirar más allá de su aparente fanatismo. Para esto recurrí a Marcel Duchamp cuando dijo que «en cierto modo comprendí que no debía cargarse la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etc.» No es que Majo cumplió esto al pie de la letra, ni siquiera llegó a saber de Duchamp, pero sí intuyó que más de un hijo, por ejemplo, le iba a complicar la existencia. Y cosa rara, cada tarde salía a salvar almas. Vivía en una lucha sin tregua contra Satanás. Por eso discutir con ella es inútil. El porqué de lo que nos pasa es un sino apocalíptico y no hay nada qué hacer, dice, solo ponerse de rodillas y esperar.
La verdad es que estoy exhausto de hacer nada. Es cansancio mental. Como un conductor que acelera y acelera su carro y sigue sin moverse. Ahora entiendo plenamente al señor Handke y aquello de que el cansancio tiene la fuerza de un sufrimiento. Cuando miro todo esto que pasa, cuando me miro a mí mismo en medio de todo esto que pasa, desde este cansancio mental que acaba, también siendo un cansancio cósmico; se hace una valoración despiadada de eso que pasa, precisamente, es decir, de los demás y de uno mismo. Y luego, el único camino que te queda es el apartamiento. La distancia. Y hasta el silencio. Pienso en todo esto, ya de pie, y de camino a una cafetería dentro de la Vereda, muy cerca de la banca con techo de cují donde estaba. Pido un espresso y un panqué de chocolate. Y sé que estoy fallando el dinero de Majo. El local tiene buena temperatura. A través de la vidriera veo a los que van llegando. A veces pasa una patrulla, muy despacio, que da la vuelta al parque. Sorbo el café y pido otro. Pienso en lo que dice Byung-Chul Han del cansancio como antídoto contra la estupidez. Demasiado movimiento idiotiza, afirma. Entonces Paul Klee debe ser atendido con prudencia, comedidamente, cuando dice que el movimiento es vida. El exceso de vida es una enfermedad. Atonta estimulando la sensación de que vives al máximo y a lo grande. Y la muerte, real o como idea, es el remedio apropiado. Indispensable. El fármaco antiviral que ayuda al equilibrio, diría este filósofo coreano.
El panqué no está nada mal. Pago y regreso a mi banca del cují frente al lago. Me pregunto si esto que pasa habrá cansado ya a la gente. Creo que no. Solo están extenuados por el exceso de movimiento en procura de lograr moverse aún más. Es un movimiento previo al movimiento definitivo. Esto provoca fatiga. Y la fatiga facilita la sumisión. «¡Qué gusto de complicarte la cabeza enredando todo!», dice Majo que, sin aviso, aparece a mi lado. Casi caigo de la banca del puro susto. Explica, muerta de risa, que está aprendiendo a escaparse del congelador, que no sabe cuánto podrá aguantar en esta especie de teletransportación fantasmal pero, opina ella, es una de las ventajas de la muerte. Añade, ahora en tono maternal: «Tienes que aceptar que lo que pasa es profecía. Ya sé que tú no crees en Dios ni en nadie, pero déjame citar lo que dijo un santo que ya ni recuerdo quién es: si no quisiera creer que existes, ni siquiera podría entender que no existes. Bueno, por lo que veo se me acabó el tiempo», dijo Majo al notar que se le desaparecían las manos y las piernas. Apenas si tuvo oportunidad de decir que me esperaba a la noche y de lanzarme un beso. Un muak casi inaudible fue todo lo que quedó en el aire. ¿Quién aguanta a Majo cuando domine este nuevo superpoder?, pensé con una espléndida sonrisa en la cara. Por suerte, no hubo nadie en alrededores que viera a mi madre deshacerse como humo. Habría sido un escándalo.
Esta obsesión de Majo de achacar todo a vaticinios apocalípticos y a cruzarse de brazos ante lo inevitable me ha hecho recordar que Hawking y Mlodinow dan a entender que, si estas cosas fueran así, no pasaríamos de ser máquinas biológicas y, lo del libre albedrío, una triste quimera. La cuestión es que para Majo estas explicaciones funcionan de maravilla. Y estos dos la justifican con el cuento del pececito en la pecera. Dicen que desde dentro de su globo de cristal, la visión que tiene de la realidad es distinta de la nuestra, y que no podemos asegurar de que sea menos real. Y a pesar de esta diferencia, el pececito podría formular leyes científicas que describieran el movimiento de los objetos que observa en el exterior. Mientras que los objetos que para nosotros se mueven en una trayectoria rectilínea, para él lo harían en una trayectoria curvada, pero que bien podría llegar a leyes que siempre se cumplirían en su sistema de referencia distorsionado y que le permitirían hacer predicciones sobre el movimiento futuro de los objetos de fuera de la pecera. Entonces, según Hawking y Mlodinow, estamos tablas. A Majo no le gustan ni un poco los empates. Como sea, yo me pregunto si en cierto momento alguien entenderá lo que pasa. El tiempo del país aplasta el tiempo de nuestra vida. Majo se molestaba cuando le hablaba de esto. Me hacía un corte de manga y la señal de la cruz. Yo no le respondía nada. Cerraba la puerta y me iba a la fuente de soda a beber café y a matar tiempo.
En el lago ya no se ven los tanqueros como antes. El remolcador encallado frente a la Vereda se lo han llevado y los buchones ya no tienen dónde estar. Es de noche. Creo que dormité un poco. Salgo hasta la avenida El Milagro y subo al bus que me deja en parque La Marina. Llego en un Por Puesto de Bella Vista hasta la 67 y tomo la Ruta 6. Paso frente a una librería de viejo y recuerdo que el propietario dejó de hablarme al considerar que yo era un maldito antirrevolucionario.
Pienso en todo lo que pensé en la Vereda y asumo la esperanza de que algo puedo usar para inaugurar, al fin, mi blog. Ya veré qué recuerdo a la mañana. Ahora tengo ganas de un café. Sé que en la entrada de la emergencia del hospital universitario hay un cafetero de termo. Vender café de termo a la entrada de la emergencia es una cosa pre-funeraria, pienso y me dan unas ganas tremendas de reír pero, con tanta gente en torno, no van a tomarlo muy bien que digamos. Prefiero no hacerlo.
Atenazo mi vasito de café entre el pulgar y el índice y voy haciendo camino a la morgue, a paso recortado, para no derramarlo. «¡No podías traer uno más!», dice Fernando al recibirme. Queda aún la mitad y se lo doy. Lo bebe de un trago y se estremece: «¡Coño, no tiene azúcar!» «Nadie tiene azúcar en este país», respondo con indiferencia. «Anda a ver a tu madre y luego hablamos. Tengo que prepararle un informe a la gente de CSI Miami que viene en camino». «¿Caruso incluido?», pregunto. Fernando sale a zancadas a su oficina y no responde nada. Yo me siento al lado del compartimiento de Majo y la saco. Ya parece una cabra congelada. Empieza a caminar en círculos. Cuando sintió que había estirado las piernas, quiso volver al asunto de las profecías. La paré en seco. Le dije que ya estaba más fastidiosa que Morgan Freeman en NatGeo. «¿Entonces de qué hablamos?», preguntó estupefacta o simulando que lo estaba. «¿Es que tenemos que hablar de algo?» «¿No vienes a eso, pues?» «Vengo a velarte. Podrías hacerte la muerta y callar». «¿Por qué tan bravo?» «Sigo sin cobres para enterrarte», dije y casi rompo a llorar. «No te preocupes, desde que trajiste las medias estoy de maravilla». No hice ningún comentario. Empujé la plancha y cerré el compartimiento. Pasé el mensaje de texto y Fernando abrió sorprendido: «¡Qué rápido! Parece que ya estás dejando ir a tu pobre madre», dijo tomándome por el hombro y diciendo de sopetón que tenía un contacto en Jardines La Chinita y, si yo aceptaba, podían cremar a Majo sin cobrar nada. Le debían muchos favores y lo harían encantados. Él mismo la llevaría en la furgoneta forense de sus amigos del CSI Miami. «¿Los del Cicpc también te deben favores?» «Y muchos». «¿Me das un rato para consultar con mi madre?» Fernando sonrió comprensivo y salió. Se había tomado aquello en sentido figurado. Abrí el compartimiento y jalé la plancha. Majo no saltó a estirarse. Se quedó sentada. Colgó las piernas y cruzó los tobillos. Parecía una niña. «Ya oí lo que dijo tu amigo». «¿Y?» «Solo tengo una condición: me llevas contigo a donde sea». «La Iglesia prohibió esparcir las cenizas de los difuntos, dividirlas entre los familiares o conservarlas en casa, ¿no sabías eso?» «¡Esas son vainas del Papa y yo soy protestante!» «Está bien. Trato hecho», dije evitando discutir y nos abrazamos un largo rato.

Lunes
Me llevé a Majo a la facultad. Iba en una cajita de madera de veinte centímetros por doce. La metí en la última gaveta del escritorio y prendí la computadora. Abrí el blog y me puse a pensar. Traté de continuar pensando los pensamientos que tuve en la Vereda del Lago. Fue inútil. Todo se había borrado. El cursor titilaba como un semáforo de madrugada. Este blog no pinta nada bien, murmuré con cierta angustia. Entretanto llega alguna idea, se me ocurre usarlo para colgar la tarea recuperativa del semestre y les ahorro las fotocopias a unos cuantos.
Majo se apareció por la tarde: «Esto de la teletransportación fantasmal es agotador», refunfuñó: «Pero ahí vamos. ¿Y tú qué haces?» «Nada, esperándote» «¿Tu único oficio es hablar con una muerta?» «Bueno, estaba por buscar un cuento de Kenneth Cosgrove, Tapping a maple on cold Vermont, cuando llegaste». «¿Y Rufino?», preguntó  ruborizándose y como si no hubiera escuchado lo que dije. «Se fue a Colombia con un sobrino. Vendió el carro y usó el dinero para el viaje. No creo que vuelva. Estará bien. No te preocupes por él». Majo sonrió encantada y dijo: «¿Y tú?» No pude responder porque llamaron a la puerta y abrieron sin esperar razón. Era Ronald Movilla, mi alumno. Me habló con cierto entusiasmo: «Voy saliendo, profesor, ¿se anima a buscar comida conmigo como la otra vez?»  

Majo ya no estaba detrás de mí. Miré al animado muchacho y dije que sí, tratando de ocultar una súbita angustia. Le pedí unos minutos para terminar en lo que estaba antes de que llegara mi madre. Vuelvo a googlear Tapping a maple on cold Vermont y leo de un jalón. Es un relato breve y melancólico. Ronald, que a todas estas está mirando por encima del hombro, pregunta quién es ese tal Kenneth Cosgrove. «¿Acaso importa?», replico y quedo mirándolo. El pobre se encoge de hombros y tuerce la boca. Entonces le digo: «La tarea recuperativa: analizar un cuento que no existe de un escritor que no existe, pero que igual te puede arruinar la carrera».
«Las cosas que no existen resultan las más peligrosas, profesor», comenta Ronald, incómodo: Y agrega impaciente: «¿Nos vamos?»
«¡Nos vamos!», dije apagando la máquina. Cogí a Majo con cuidado y la guardé en el morral. Ronald miró la caja con cierta extrañeza, pero ya estaba picándole el hambre y no quería seguir hablando de nada más. El bus no tardaría en llegar a la parada.


Fuente de soda Irama, marzo de 2017

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